• Web Municipal

  • @infoagamed

  • + Info aquí

  • CSB Consulting.es

  • +Info aqui

  • +Info aqui

  • + Info aqui

  • Brico Andrés

  • + info Aquí

  • Escuchame Aqui

  • +Info aqui

  • Web, pinchando aquí.

  • + Info aquí

  • Ver Facebook Aqui

  • Optica Mar

  • + info aqui

  • + info aqui

  • Busca por categorías

  • julio 2026
    L M X J V S D
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    2728293031  

Crónica de una invasión feliz: cuando la “mona” conquista el paraíso (con WiFi… o sin él)

Álbum, pinchando sobre la foto

Dicen que hay lugares donde uno va a desconectar… y otros donde la gente va a comprobar si hay cobertura. Entre ambas especies humanas convive, con sorprendente armonía, la ya mítica zona recreativa “Eduardo Gil”, ese rincón donde la paz, la naturaleza y las tortillas de patatas alcanzan niveles casi espirituales.

Ayer, con motivo del glorioso y muy esperado primer lunes de mona —esa festividad que convierte a medio pueblo en experto logístico—, hordas perfectamente organizadas (o eso creen ellas) tomaron el lugar al asalto. Iban equipadas hasta los dientes: sillas plegables que nunca vuelven a plegarse igual, mesas que cojean, neveras que pesan como si dentro llevaran oro en lugar de ensaladilla, y capazas rebosantes de manjares dignos de boda… pero con chanclas.

Las monas de Pascua, por supuesto, ocupaban el lugar de honor, vigiladas más de cerca que un décimo premiado. Porque uno puede compartir la tortilla… pero la mona… cuidado.

A eso del mediodía, mi buen compañero Carrión se adentró en lo que solo puede describirse como una civilización paralela: la “Ciudad de la Alegría”. Allí el tiempo se detiene… salvo para quienes siguen consultando el móvil cada tres minutos “por si acaso”. Es un viaje al pasado, a una época sin notificaciones, sin bancos que te cobran por respirar cerca de la puerta, sin políticos dando discursos… y sin asfalto, que ya es decir.

Los niños, esos seres humanos en estado puro, redescubrieron actividades que hoy en día podrían considerarse deportes de riesgo urbano: saltar a la comba, jugar al escondite, revolcarse por el suelo… ¡y sobrevivir para contarlo! Todo ello ante la mirada resignada de unos padres que, por un día, han decidido no decir “¡no te manches!” cada treinta segundos. Un milagro digno de estudio científico.

Mientras tanto, los adultos practicaban el noble arte del “prueba esto que lo he hecho yo”, que consiste en comer sin parar platos ajenos hasta perder la noción de quién eres y de dónde venías. Pasta fría, empanadillas, ensaladas, tortillas… aquello no era un picnic, era un congreso internacional del tupper.

Y cuando la naturaleza llama —porque llama, y fuerte— uno puede acudir a los famosos aseos químicos. Unos prodigios de la ingeniería moderna que, según dicen algunos usuarios, hasta desprenden cierto aroma… lo cual ya los sitúa directamente en el terreno de la ciencia ficción.

Quién les iba a decir a aquellos visionarios que, hace casi tres décadas, plantaron los primeros pinos, que su iniciativa acabaría convirtiéndose en algo tan parecido al paraíso… pero con neveras portátiles, risas a granel y algún que otro valiente intentando encontrar sombra perfecta (misión imposible desde 1998).

En definitiva, un día en el que Torrevieja demuestra que la felicidad no necesita mucho: buena compañía, comida en abundancia, un poco de naturaleza… y, si puede ser, batería suficiente para inmortalizarlo y luego presumir en el grupo de WhatsApp.

Porque sí, seamos sinceros… desconectar está muy bien. Pero contarlo después, mejor todavía.


Descubre más desde Objetivo Torrevieja

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario