El Barrio de La Punta respira ya a Navidad. Desde ayer, la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús acoge un Belén artesanal que, más que una obra, es una caricia al espíritu navideño. Sus creadores, Claudio Navarro Bertomeu y Gregorio Navarro Paredes, miembros de la Asociación Religiosa del Sagrado Corazón, han dedicado más de mil horas a levantar esta pequeña joya, llena de detalles minuciosos que combinan la tradición bíblica con la esencia torrevejense, pasando por guiños entrañables a los célebres nacimientos napolitanos.
El Belén despliega escenas que parecen latir por sí solas: el portal silencioso donde María y José custodian al Niño; los pastores que, casi se diría, avanzan con paso humilde bajo un cielo detenido; los pescadores que faenan junto a un río en el que incluso navega un pequeño barco que aporta movimiento a la escena; y, cómo no, el imprescindible “caganet”, tan nuestro, tan propio del Levante, añadido con ese humor fino y respetuoso que siempre acompaña a estas tradiciones.
La bendición del conjunto corrió a cargo del párroco del Sagrado Corazón y Vicario de Zona Episcopal, Aurelio Ferrándiz, en un acto familiar y emotivo al que asistieron el alcalde de Torrevieja, Eduardo Dolón; la concejal de Fiestas, Rosario Martínez Chazarra; la Reina de la Sal, Daniela Gómez Navarro, junto a sus damas Sara Toribio Sánchez y Miriam Córdoba Prades; así como los concejales Federico Alarcón, Sandra Sánchez, Rosa Cañón y Antonio Vidal. El presidente de la Asociación Religiosa del Sagrado Corazón, Gregorio Navarro, acompañó orgulloso a los autores en este estreno tan esperado.
A un lado, el murmullo emocionado de los asistentes; al otro, el brillo tenue de las luces que envuelven el Belén como si lo susurraran. Todo ello convierte la parroquia en un rincón de recogimiento y celebración, donde cada visitante encuentra un instante para detenerse y sentir la cercanía de la Navidad.
La tradición que comenzó San Francisco
La instalación de este Belén en Torrevieja es también un homenaje a una tradición que se remonta ocho siglos atrás. Fue en 1223 cuando San Francisco de Asís, movido por un impulso que él mismo describió como inspiración divina, decidió representar de forma viviente el misterio del nacimiento de Jesús. En las cuevas de Greccio, en el valle de Rieti, preparó con sus propias manos un humilde espacio donde colocó una mula, un buey y la figura del Niño Dios. Lo hizo para que los fieles pudieran contemplar el milagro de la Encarnación de una manera cercana, tangible, casi palpable.
La noticia se extendió como un eco celestial: campesinos de los alrededores acudieron en masa, hasta el punto de que, según narran los biógrafos, faltó espacio para tanta gente. Allí, en mitad de aquel improvisado pesebre, San Francisco celebró la misa de medianoche y predicó sobre el profundo misterio del Dios que se hace niño. Sin pretenderlo, acababa de sembrar una tradición que atravesaría los siglos: el Belén o nacimiento que hoy sigue emocionando generación tras generación.
Quiso San Francisco que nadie olvidara nunca la humildad del Niño de Belén, la sencillez de su llegada al mundo. Y esa misma intención, sencilla y luminosa, es la que se respira en el Belén del Sagrado Corazón: un recordatorio delicado de que la Navidad no solo se celebra, sino que también se siente.
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