La imagen de Cristo Crucificado fue descendido de su altar ante la presencia de su madre María Santísima del Silencio
En la noche de ayer, el Templo Arciprestal de la Inmaculada se convirtió en un latido vivo de fe, en que literalmente “no cabía un alma”. Cada rincón respiraba recogimiento, cada mirada parecía elevarse en silencio hacia lo alto, donde el misterio y la devoción se entrelazaban en una de las escenas más conmovedoras de la Semana Santa.
La Eucaristía vespertina, oficiada por el párroco José Antonio Gea, vicario, reunió a autoridades, representantes de la Semana Santa y a numerosos cofrades y fieles que quisieron ser testigos de un instante que, sin duda, quedará grabado en el corazón de todos. Entre ellos, la concejal Concha Sala; el presidente de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa, Francisco Montesinos; la presidenta de la Cofradía, Begoña Gálvez; el capirote de oro 2026, Edmundo Prades, el imaginero, autor de la imagen de María Santísima del Silencio, Víctor García, y tantos otros que, desde su fe, acompañaron este momento único.
Pero si hubo un instante que elevó aún más la emoción, fue la presencia de María Santísima del Silencio en el altar mayor, tras haber acompañado por primera vez a su hijo, durante toda la semana, a sus pies en su propio altar. Su mirada serena y dolorosa parecía abrazar el templo entero. Como una madre que aguarda, contempló uno de los actos más profundos de la tradición cuaresmal: la Bajada de su Hijo. Un encuentro silencioso, cargado de ternura y de un amor que trasciende el tiempo.
Tras la celebración de la misa, el templo quedó envuelto en un silencio reverente. Entonces comenzó el descendimiento. Cristo Crucificado, suspendido entre el cielo y la tierra, fue bajado con una delicadeza que estremecía el alma. Cada gesto de los costaleros, guiados con precisión y respeto por los capataces Agustín Martínez y Nicolás García Villargordo, era un acto de amor. Acto al que se unió la capataz de la imagen de María Santísima del Silencio, Silvia del Oro. No era solo una imagen la que descendía: era el sacrificio hecho presencia, era el dolor transformado en esperanza.
Cuando finalmente fue llevado a hombros hasta el altar mayor, el momento alcanzó su culmen. Allí, junto a su madre, se produjo una de las escenas más conmovedoras: el encuentro. Madre e Hijo, unidos en el dolor y en el amor infinito. El besapié al Cristo coincidió con el besamanos a María Santísima del Silencio, convirtiendo el espacio ante el presbiterio en un río humano de fe, donde cientos de personas se acercaban, en silencio o entre lágrimas, a rendir homenaje a ambos. Era imposible no sentir cómo el corazón se encogía y, al mismo tiempo, se llenaba de una paz inexplicable.
La música, como un susurro del alma, acompañó cada instante. El Coro Arciprestal de la Iglesia de la Inmaculada, dirigido por Aurelio Martínez, elevó la celebración con piezas que parecían acariciar el espíritu. “Me invocará”, evocando el salmo de la primera semana cuaresmal, resonó como una plegaria íntima. También se escucharon “Santo” y “Cordero de Dios”, de Miguel Manzano, que envolvieron la liturgia en una solemnidad profunda, y durante la Comunión, “Dios es fiel” de Alberto Taulé, que trajo consigo un mensaje de esperanza serena.
En el momento más esperado, la bajada, el propio director interpretó al órgano un coral de La Pasión según San Mateo de J. S. Bach, llenando el templo de una belleza sobrecogedora. Y cuando la procesión inició su caminar hacia el altar mayor, sonó “La muerte no es el final” de Cesáreo Gabaráin, recordando que incluso en la oscuridad más profunda, la vida y la fe permanecen.
Durante el extenso besapié, otras obras del tiempo cuaresmal acompañaron la devoción del pueblo: “Perdón Oh Dios mío”, “Perdona a tu pueblo” y “Victoria Tú reinarás”. Cada nota, cada voz, parecía brotar desde lo más hondo del alma colectiva, tejiendo un ambiente donde lo humano y lo divino se abrazaban.
Vía Crucis al Calvario
La emoción continuará esta noche, a las 21:00 horas, con el tradicional Vía Crucis al Calvario. Las estaciones serán cantadas por el Coro Maestro Ricardo Lafuente, siguiendo la composición del propio Ricardo, creada en 1982 como un regalo lleno de devoción a la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades.
A la llegada a la plaza del Calvario, la Agrupación Coral Manuel Barberá, dirigida por Sergey Larkin, pondrá voz a uno de los momentos más singulares con la interpretación de “La Pasión de la Tía Tortas”, cerrando así una jornada que promete volver a estremecer a todos los presentes.
Porque hay noches en las que la fe no solo se vive… se siente, se llora y se abraza. Y esta ha sido, sin duda, una de ellas.
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