El Templo Arciprestal de la Inmaculada se llenó ayer de una alegría distinta, contagiosa, casi luminosa. No era una celebración más: era el eco vivo de lo que, del 17 al 19 de abril, un grupo de jóvenes había experimentado en el retiro “Bartimeo”, celebrado en el Centro de Pastoral Juvenil de Alicante, estando apadrinados por la parroquia San Esteban de Alicante, cuyo párroco es Pedro Payá Gimenez, director del Secretariado de Pastoral de Infancia y Juventud de la Diócesis de Orihuela. Una experiencia que no solo se vivió, sino que ahora se comparte, se testimonia y se expande como una llama que no quiere apagarse.
La Solemne Eucaristía, celebrada en acción de gracias, reunió a jóvenes procedentes de Torrevieja, Alicante, Murcia y Cartagena. Alrededor de 30 caminantes —como se denomina a quienes realizan el retiro— y unos 40 servidores han sido protagonistas de este primer “Bartimeo” organizado por un grupo de Torrevieja. Un paso valiente y esperanzador que ha contado con el acompañamiento y apadrinamiento de la parroquia de San Esteban de Alicante, reflejo de la comunión y el trabajo conjunto dentro de la Iglesia.
La celebración estuvo presidida por el Obispo de la Diócesis, Monseñor José Ignacio Munilla, y concelebrada por el párroco de la Inmaculada, José Antonio Gea, el vicario Fernando Galvañ y el párroco de San Esteban, Pedro Payá. Pero más allá de los nombres y las responsabilidades, lo verdaderamente palpable fue el ambiente: una iglesia viva, joven, vibrante.
Durante la homilía, el Obispo recordó el sentido profundo del retiro “Bartimeo”, inspirado en el pasaje del Evangelio de San Marcos que narra la curación del ciego Bartimeo. Un hombre que, en medio de la multitud, gritó con fe, con esperanza, con una confianza radical en Jesús. Ese mismo grito —a veces silencioso, a veces hecho canto— es el que hoy siguen lanzando los jóvenes: una llamada a ver, a encontrar sentido, a dejarse transformar.
Y si algo marcó la celebración fue, sin duda, la música. No como un simple acompañamiento, sino como una expresión auténtica del alma. Un grupo surgido del propio retiro llenó el templo de melodías que no solo se escuchaban, sino que se sentían. Canciones que invitaban a participar, a levantarse, a aplaudir, a rezar de otra manera. Especialmente en los momentos de entrada y despedida, el Altar Mayor se convirtió en un espacio de auténtica celebración, con una coreografía espontánea y llena de vida que sorprendió y emocionó a todos los presentes.
Lo vivido no fue un espectáculo, sino un testimonio. El reflejo de una juventud que, lejos de los tópicos, busca, encuentra y comparte. Jóvenes del siglo XXI que descubren en la fe no una obligación, sino una respuesta; no un peso, sino una alegría; no una tradición lejana, sino una experiencia profundamente actual.
Ayer, en la Inmaculada, no solo se celebró una misa. Se celebró la certeza de que la fe sigue viva, de que los jóvenes siguen diciendo “sí”, de que Dios sigue saliendo al encuentro. Y, como Bartimeo, muchos han comenzado a ver con una mirada nueva. Una mirada llena de luz, de esperanza… y de futuro.
Tras la Misa, todos se trasladaron a la espalda del Templo donde entre risas y algún que otro “tentepié”, pudieron despedirse entre abrazos y alguna lágrima.
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