“La Farra” deslumbra como broche final con una propuesta vibrante, festiva y profundamente evocadora que convirtió el escenario en pura magia escénica
El Teatro Municipal de Torrevieja vivió en la tarde de ayer una de esas jornadas inolvidables para el mundo de la cultura. Coincidiendo con el Día Internacional del Teatro, se clausuró el VI Concurso Nacional de Teatro Aficionado “Raúl Ferrández” en un acto cargado de emoción, talento y amor por las artes escénicas. La ceremonia contó con la presencia del alcalde, Eduardo Dolón, y el concejal de Cultura, Antonio Quesada, quienes acompañaron a los participantes y al público en una velada que puso en valor el esfuerzo y la calidad del teatro aficionado a nivel nacional.
El acto fue conducido con elegancia y cercanía por el director de la Escuela Municipal de Teatro, Matías Antón, quien, tras felicitar a los asistentes por la efeméride, dio paso a las palabras del actor Willem Dafoe, autor este año del Manifiesto del Día Internacional del Teatro, aportando así una dimensión global a una cita profundamente local y que le reproducimos íntegro al final del artículo.
Un palmarés de altura
La entrega de premios, realizada por las autoridades junto al jurado, reconoció el talento y la entrega de las compañías participantes:
- Mejor obra (2000€ + trofeo): Los amantes sobrehumanos, de la compañía La Bestia Teatro (Brañosera, Palencia).
- Premio especial del público “Maribel Vallejos” (500€ + trofeo): Servicios de habitaciones, de La Geranio Produce, con 1261 puntos.
- Mejor actriz: Ruth Gutiérrez Álvarez, por Los amantes sobrehumanos.
- Mejor actor: Pablo Ferrero, por Servicios de habitaciones.
Un palmarés que refleja la diversidad, calidad y compromiso de un certamen ya consolidado como referencia dentro del panorama teatral aficionado.
“La Farra”: un final mágico de la celebración
Como colofón a esta edición, el público pudo disfrutar de La Farra, una propuesta escénica tan arriesgada como fascinante que transformó el escenario en un universo donde pasado y presente dialogan sin restricciones.
Dirigida por Lucas Escobedo e interpretada por un elenco de gran energía —Raquel Molano, el propio Escobedo, Alfonso Rodríguez, Paula Lloret, Irene Coloma Priego y Jesús Irimia (Xuspi)—, la obra plantea un viaje sensorial que conecta el Siglo de Oro con la contemporaneidad a través de una estética de cabaret barroco.
En La Farra, el espectador se sumerge en un tiempo de carnaval donde todo es posible: la música en directo, el verso, el circo, la danza y el humor conviven en una explosión escénica que celebra la libertad creativa. Ambientada en un Madrid que podría ser 1568, 1668 o incluso hoy mismo, la obra juega con las paradojas del tiempo para recordarnos que las inquietudes humanas siguen siendo universales.
Pero más allá de su despliegue visual y festivo, la propuesta encierra una mirada crítica. Entre mojigangas, acrobacias y regocijos, La Farra señala con inteligencia la locura del pasado y del presente, invitando al espectador a reflexionar sin renunciar al disfrute. Es, en esencia, una reivindicación del teatro como espacio de encuentro, emoción y comunidad.
Cultura que une
La clausura del concurso no solo premió el talento, sino que reafirmó el papel del teatro como herramienta de conexión social. En tiempos marcados por la inmediatez y la fragmentación, citas como esta recuerdan que la cultura sigue siendo un refugio y, al mismo tiempo, un motor de pensamiento crítico.
Torrevieja volvió a demostrar que el teatro no es solo espectáculo: es celebración, identidad y, sobre todo, un lugar donde la vida —con todas sus contradicciones— se representa para ser comprendida mejor.
MANIFIESTO:
“Soy un actor conocido principalmente como actor de cine. Pero mis raíces están profundamente en el teatro. Fui miembro del Wooster Group desde 1977 hasta 2003, creando e interpretando piezas originales en The Performing Garage en Nueva York y de gira por todo el mundo. También he trabajado con Richard Foreman, Robert Wilson y Romeo Castellucci. Ahora soy el Director Artístico de la Bienal de Teatro de Venecia. Este nombramiento, los acontecimientos en el mundo y mi deseo de regresar al trabajo teatral han reforzado profundamente mi creencia en el poder positivo único del teatro y su importancia.
En los humildes comienzos de mi etapa en The Wooster Group, la compañía teatral con sede en Nueva York, a menudo teníamos muy poco público en algunas de nuestras funciones. Muchas veces la regla era que, si había más intérpretes que espectadores, podíamos decidir cancelar. Pero nunca lo hicimos. Muchos de los miembros de la compañía no estaban formados en teatro, sino que provenían de distintas disciplinas y se reunían para hacer teatro; por eso, “el espectáculo debe continuar” no era realmente nuestro lema y, sin embargo, sentíamos la obligación de mantener nuestro encuentro con el público.
También ensayábamos a menudo durante el día y por la noche mostrábamos el material como un trabajo en proceso. A veces pasábamos años trabajando en un espectáculo, manteniéndonos gracias a las giras de producciones anteriores. Trabajar durante años en una pieza a menudo se volvía tedioso para mí, y encontraba los ensayos algo difíciles, pero estas presentaciones de trabajos en proceso siempre eran emocionantes, incluso si el reducido público era un juicio contundente sobre el nivel de interés que despertaba lo que estábamos haciendo. Esto me hizo comprender que, sin importar cuántas personas haya, el público como testigo es lo que da sentido y vida al teatro.
Como dice el cartel en una sala de apuestas: “DEBES ESTAR PRESENTE PARA GANAR”. La experiencia compartida en tiempo real de un acto de creación, que puede estar estructurado y diseñado pero que siempre es diferente, es sin duda la gran fortaleza del teatro. Social y políticamente, el teatro nunca ha sido tan importante y vital para nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo.
El “elefante en la habitación” son las nuevas tecnologías y las redes sociales, que prometen conexión pero aparentemente han fragmentado y aislado a las personas entre sí. Yo uso el ordenador a diario, aunque no tenga redes sociales; incluso me he buscado en Google como actor y también he consultado la inteligencia artificial para obtener información. Pero hay que estar ciego para no reconocer que el contacto humano corre el riesgo de ser reemplazado por relaciones con dispositivos. Aunque cierta tecnología puede servirnos bien, el problema de no saber quién está al otro lado del círculo de comunicación es profundo y contribuye a una crisis de la verdad y de la realidad. Aunque internet puede plantear preguntas, muy pocas veces logra captar ese sentido de asombro que crea el teatro. Un asombro basado en la atención, el compromiso y una comunidad espontánea de quienes están presentes en un círculo de acción y respuesta.
Como actor y creador teatral, sigo creyendo en el poder del teatro. En un mundo que parece volverse más fragmentado, controlador y violento, nuestro desafío como creadores teatrales es evitar la corrupción del teatro como una empresa meramente comercial dedicada al entretenimiento por distracción, o como un mero instrumento institucional para conservar tradiciones; en cambio debemos fomentar su capacidad para conectar a personas, comunidades y culturas, y sobre todo para cuestionar hacia dónde vamos…
El gran teatro consiste en desafiar nuestra manera de pensar y en animarnos a imaginar aquello a lo que aspiramos.
Somos animales sociales y estamos biológicamente diseñados para relacionarnos con el mundo. Cada órgano sensorial es una puerta de entrada al encuentro, y a través de este encuentro logramos una mayor definición de quiénes somos. A través de la narración, la estética, el lenguaje, el movimiento y la escenografía, el teatro como forma de arte total puede hacernos ver lo que fue, lo que es y lo que nuestro mundo podría ser.”
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