Torrevieja volvió a vibrar, literalmente, a las dos de la tarde de ayer, cuando la Plaza de la Constitución se convirtió en el epicentro del estruendo más festivo del año. La ciudad ya venía calentando motores gracias a “Los Salerosos”, comandados por Alejandro Gómez, que se habían pasado desde media hora
antes desfilando con su música y su buen humor. Su misión: activar sonrisas y poner en marcha los músculos más bailongos, incluso aquellos que algunos pensaban tener jubilados. Instalados en la calle Ramón Gallud, y mientras los preparativos de la mascletá cogían forma, el grupo ofreció un repertorio tan alegre que más de uno se planteó seriamente arrancarse a bailar,incluyebdo a las cuatro músicas llegadas de Faleria en un intercambio entre las bandas
Llegado el gran momento, el alcalde de Torrevieja, Eduardo Dolón, la concejal de Fiestas, Rosario Martínez Chazarra, la Reina de la Sal, Daniela Gómez, y sus damas, Sara Toribio y Miriam Córdoba, se unieron a los ediles Concha Sala y Ricardo Recuero, así como al representante de Pirotecnia Caballer de Almenara (Castellón). Juntos encendieron la primera traca, como quien pulsa el botón rojo de un cohete espacial, solo que en versión torrevejense y con mucha más pólvora.
Y vaya si prendió. La plaza estalló en un sinfín de truenos y petardos que hicieron temblar el suelo, el aire, los bolsillos y hasta las pestañas. En apenas poco más de cuatro minutos, medio centenar de kilos de pólvora se transformaron en un espectáculo aéreo que culminó con un terremoto final digno de banda sonora épica.
Para los despistados, la Wikipedia tiene la explicación oficial: una mascletá es un disparo pirotécnico muy ruidoso y rítmico, típico de la Comunidad Valenciana. Y si lo dice la Wiki, palabra de santo. Pero ayer, más que definición, lo que hubo fue una demostración: una mascletá capaz de despertar a un turista dormido en un quinto piso y de arrancar aplausos de oreja a oreja entre vecinos y visitantes.
Fiesta, música, ruido y tradición. Un cóctel que Torrevieja sabe mezclar como nadie. Y que ayer volvió a demostrar que el espíritu festivo, cuando suena y retumba, se contagia más rápido que un chiste bueno en una sobremesa.
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