Torrevieja volvió a encontrarse consigo misma en la noche más entrañable del año. La Nochebuena se llenó de emoción, tradición y sentimiento en la cafetería “Mediterráneo”, donde más de doscientas personas, torrevejenses de cuna —auténticos “pata negra”— y otros que sienten esta tierra como propia, se reunieron un año más para mantener viva una de las tradiciones más queridas de la ciudad: la tarde de villancicos y habaneras, celebrada ininterrumpidamente desde hace casi sesenta años.
Allí, entre abrazos, sonrisas y canciones, Torrevieja volvió a cantar a la Navidad como solo sabe hacerlo: con el corazón abierto y la música como lenguaje universal. Fue también un momento para el recuerdo y la gratitud, evocando la figura de Ramón Céspedes, personaje irrepetible de nuestra sociedad, quien puso durante tantos años la banda sonora de la ciudad. Su memoria estuvo muy presente, como lo estuvo el reconocimiento a quienes, una vez más, ejercieron de anfitriones de este entrañable encuentro: Rosario Mínguez, esposa del inolvidable Carlos Guillamó, junto a sus hijos Carlos y Pepa, custodios de una tradición que es ya patrimonio emocional de Torrevieja.
No hacía falta pertenecer a ningún coro —aunque este año fue un auténtico lujo contar con destacados coralistas de la ciudad— ni siquiera saber cantar, aunque también ayudaba y sobretodo contando con la improvisada dirección de Francisco Reyes. Bastaba con llevar dentro una buena dosis de torrevejensismo, cuarto y mitad de alegría y un quintal de amistad. Así, las canciones brotaron de forma natural, mezclándose con la emoción de los reencuentros, los abrazos sinceros y las felicitaciones que colorearon una Nochebuena popular, auténtica y profundamente humana.
El ambiente recordaba a los grandes días de fiesta. Convocados por el boca a boca y los mensajes de WhatsApp, los asistentes compartieron risas, brindis y buenos deseos alrededor de guitarras, voces y recuerdos. La tarde arrancó con la animación del DJ Richie Underground, que supo caldear el ambiente de manera espectacular, preparando el terreno para una celebración donde la música y la amistad fueron las grandes protagonistas.
Una vez más, Torrevieja demostró que la Navidad no solo se celebra: se canta, se abraza y se vive. Y que, cuando suenan las habaneras, la ciudad entera late al mismo compás.
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