“Entre risas, lágrimas y motivación, el coach Javier Ortiz y el nadador David Meca inspiran a toda una comunidad en una emotiva jornada contra las adicciones”
Torrevieja amaneció con un brillo especial el “Día Mundial sin Alcohol”, para celebrar el II Congreso APAEX, como si la ciudad hubiera decidido suspender el tiempo para dejar espacio a la palabra, a la escucha y a esa verdad interior que a veces cuesta tanto pronunciar. El Centro Cultural Virgen del Carmen, que tantas veces ha sido refugio de música, cultura y encuentros vecinales, se convirtió esta vez en un puerto seguro para hablar de aquello que duele, de aquello que se teme, pero también de aquello que salva. Desde primeras horas de la mañana, un flujo constante de asistentes entraba al auditorio, algunos con la mirada llena de curiosidad, otros con emociones contenidas, otros sencillamente con la necesidad urgente de sentirse acompañados.
El acto inaugural estuvo marcado por la cercanía institucional de la concejal de ONG’s y Participación Ciudadana, Trudy Páez, quien junto al presidente de APAEX Torrevieja, Óscar Vicente Echevarría, dio la bienvenida a un público que llenaba todas las butacas. Era fácil percibir en las palabras iniciales un agradecimiento sincero hacia quienes han confiado en APAEX, hacia quienes luchan desde dentro y hacia quienes, desde las instituciones, trabajan para que ninguna persona se sienta sola frente a la sombra de la adicción.
En un lateral del escenario, discretamente, algunos miembros de otras asociaciones tomaban notas, asentían, compartían miradas de reconocimiento: la lucha contra las adicciones es un camino largo, y esa mañana todos caminaban al mismo paso. Además entre el público no quisieron faltar a tan importante evento, el concejal de Asuntos Sociales, Óscar Urtasun y los ediles socialistas, Antonio Bonilla y Carolina Ponce.
Después, la psicóloga Adriana León Pérez, coordinadora de la asociación, presentó al equipo profesional que sostiene el día a día de APAEX. Su voz, calmada y firme, resonó con la serenidad de quien conoce de cerca tanto el sufrimiento como la esperanza. No había en su intervención grandes alardes, sino una honestidad profunda al hablar de las familias, de las recaídas, de los esfuerzos invisibles, de la paciencia que se renueva cada mañana. Cuando se proyectó el vídeo corporativo de APAEX, muchos asistentes se estremecieron. Allí estaban los rostros, las historias, los pequeños pasos y los grandes saltos que conforman la vida de una entidad que no ilumina desde lejos: ilumina desde dentro.
La calma quedó interrumpida cuando subió al escenario Javier Ortiz con su ponencia “Objetivo libertad”. Y se hizo el silencio, un silencio denso, de esos que solo aparecen cuando el público siente que está ante algo verdadero. Ortiz no vino a dar una clase ni un discurso técnico: vino a contar su alma. Habló de sus noches más oscuras, de la culpa que se aferra a la piel, de la soledad que acompaña a la caída, pero también de ese pequeño hilo de vida que, un día, decidió no soltar. El auditorio respiraba a su ritmo. Algunos inclinaban la cabeza, otros se limpiaban discretamente las lágrimas. En sus palabras había un dolor que aún latía, pero también una fuerza que contagiaba: la certeza de que la libertad no llega como un golpe de suerte, sino como un acto de valentía diaria. Fue una intervención que dejó huella, un testimonio que se clavó en la memoria colectiva de la sala.
La rueda de testimonio familiar que vino después, guiada por Abilia Clares Nicolás y acompañada por el psicólogo Iñaki Masip-Tormo, añadió un nuevo tono emocional. Se habló de los padres que no duermen, de los hermanos que callan, de las parejas que esperan, de las casas donde se mezclan miedo y amor cada día. Y, pese a todo, se habló también de la luz: de la recuperación lenta, de la confianza reconstruida, de los abrazos que vuelven después de años de distancia emocional. Fue un momento íntimo, de esos que parecen detener el tiempo y donde cada persona del público encontró algo propio reflejado en los relatos ajenos.
La pausa del café llegó casi como un suspiro colectivo. En los pasillos del centro cultural se formaron pequeños corrillos donde se compartían emociones sin necesidad de demasiadas palabras. Había quien necesitaba desahogarse, quien buscaba entender, quien simplemente quería respirar. Aun así, abundaban las sonrisas. Hablar de heridas también libera, y ese descanso fue, en cierto modo, un rito de alivio.
La tarde tomó un giro vibrante con la llegada de David Meca y su conferencia “Yo no tengo miedo a los tiburones”. Desde el primer instante, el nadador imprimió una energía contagiosa al auditorio. Su manera de narrar sus travesías —con frío que paraliza los huesos, con aguas que parecen interminables, con criaturas marinas que emergen como metáforas de nuestros propios miedos— transformó la sala en un océano simbólico donde cada asistente navegaba con él. Meca habló de resistencia, de disciplina, de la sensación de estar a punto de rendirse y de ese instante misterioso en que el cuerpo dice “no puedo más” pero el alma responde “sí puedes”. Su relato elevó el ánimo de todos y, cuando los jóvenes deportistas de las escuelas municipales subieron al escenario para saludarlo, se creó un momento de unión intergeneracional tan espontáneo como hermoso. Las ovaciones no tardaron en llegar.
Y cuando terminó, Meca se quedó. No huyó entre aplausos; se quedó entre la gente: fotos, abrazos, preguntas, risas. Se convirtió, más que en un conferenciante, en un compañero cercano. Esa humanidad marcó a muchos.
La clausura, en manos de la concejal de Salud, Rosa Cañón, cerró el congreso con palabras que recogían la esencia del día: la importancia de escuchar, de acompañar, de ofrecer herramientas reales y de no permitir que el estigma o el miedo silencien a quienes necesitan ayuda. Su mensaje final tejió un hilo invisible entre las emociones compartidas y la esperanza que se respiraba en la sala.
La jornada terminó, pero quedó flotando algo en el aire: la sensación de que no se había asistido solo a un congreso, sino a una experiencia transformadora. Torrevieja, por un día, no fue una ciudad que observa. Fue una ciudad que siente, que abraza y que avanza junta.
Este segundo congreso de APAEX ha sido, sin duda, más que un mero evento: ha sido una isla de esperanza para muchas personas. A través de la valentía de sus ponentes y la entrega de los organizadores, se ha tejido un espacio donde hablar de las adicciones no es motivo de vergüenza, sino una oportunidad para reconectar, crecer y sanar.
PERFIL DE LOS PONENTES
Javier Ortiz
Coach especializado en adicciones y técnico en conductas adictivas. Su labor se centra en acompañar procesos de recuperación desde la escucha activa y la planificación personalizada. Ha convertido su propia historia de adicción y renacimiento en una herramienta terapéutica poderosa. Ha impartido múltiples conferencias en centros educativos y entidades sociales, siempre con un enfoque humano, valiente y cercano que invita a la reflexión y al cambio.
David Meca
Nadador de élite, varias veces campeón mundial en aguas abiertas, aventurero y conferenciante motivacional. Tras una carrera deportiva marcada por retos extremos, ha dedicado gran parte de su tiempo a divulgar valores como la disciplina, la resiliencia, la superación del miedo y la constancia. Sus charlas suelen combinar anécdotas impresionantes, humor y un mensaje de vida contundente que deja huella en cualquier público.
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