Opinión: Alguien tenía que ser el primero

Titulares idénticos en los periódicos nacionales

Antonio Sala

Antonio Sala Buades

Hoy, 4 de diciembre (santa Bárbara bendita) de 2021, nuestra región, la que «supo luchar», por medio de una decisión de sus actuales dirigentes, se ha sumado a otras y ha convertido en policías a los dueños de sus propios establecimientos de hostelería. Dice que sólo por un mes. Claro, que eso de «sólo por» venimos oyéndolo hace ya casi dos años, y aquí estamos. La medida ha sido acogida con satisfacción, hasta con aplauso, por la inmensa mayoría de los medios. Basta con recordar aquella portada común de mayo de 2020, «Salimos más fuertes», para entender cómo está en la actualidad la prensa española, tan aguerrida no hace tanto: ni hemos salido ni estamos más fuertes. Triste símbolo de los derroteros que vamos tomando.

En fin, a lo que vamos. El día 8 del pasado abril me fue solicitada una intervención en un informativo televisado, en la que exponía mis reticencias a lo que estábamos a punto de emprender. Desde entonces, ocho meses después, no he constatado ninguna otra manifestación pública local coincidente con la mía; y pido disculpas de antemano por las que se me hayan pasado. El caso es que, según va transcurriendo el tiempo, entiendo que se haga más difícil. Pero en las últimas semanas estamos llegando a unos extremos que me han llevado a publicar estas letras, siquiera como argumento futuro de que, en aquellos tiempos de zozobra, yo no me quedé callado. Porque a estas alturas, expresar no ya la renuencia, sino una mínima duda, con lo que la mayoría llama «vacunas» y una minoría «experimento génico» constituye un acto de heroicidad, como si el régimen que nos gobierna no fuera una democracia y los defensores de tan subversivas ideas tuvieran que hablar en semiclandestinidad, en voz baja por si los oye «alguien».

Los medios de comunicación de masas —incluidos los que se tienen por católicos y los que blasonan de liberales— nos están enviando un mensaje oficialista único, sin debate posible. Es, en el sentido estricto de la palabra, un dogma. Cuando empezaron a publicitar estas inyecciones, salía a colación el bien que a la Humanidad han hecho las vacunas. Por supuesto, ¿quién lo discute? Ahí radica el primer dogma: que estamos hablando de una «vacuna» de las mismas características que las que nos hemos puesto desde niños, con las que una dosis nos valía de por vida. Supongo que nadie en su sano juicio se subiría a un avión si al arrancar pierde un ala o se le para el motor, o si nos confiesan que vamos a atravesar el océano cuando no ha acumulado las horas de vuelo necesarias. ¿Significaría esto declararse contrario a la aviación, con el bien que ha hecho a la Humanidad?

En España —desde mucho antes de la pandemia— se ha implantado un maniqueísmo interesado por determinadas tendencias políticas y sus altavoces difusores. Al autoatribuirse los términos absolutos positivos de «verdad», «paz», «democracia», «progreso», «igualdad» y muchos otros, se autoatribuyen asimismo los métodos para conseguirlos. De tal modo que, quienes tengan los mismos sanos objetivos pero entiendan que serían más adecuados otros métodos, son automáticamente tachados con los términos contrarios negativos. Esta fomentada confusión entre nobleza de intenciones y adecuación de procedimientos lleva al siguiente paso: establecer las correspondientes catalogaciones morales. En resumen, que no pretende un fin deseable quien no considere que las cosas deben hacerse de una manera sino de otra. A partir de ahí, todo es mucho más fácil: el grupo discrepante queda automáticamente etiquetado y en consecuencia descalificado para cualquier propuesta, porque, claro, éstos ya sabemos cómo son.

Y entonces se cruza una raya sutil. Normalmente, nuestro decoro personal nos aconseja prudencia —no se confunda con el silencio; eso, nunca— ante cualquier opinión desfavorable que pudiera afectar a nuestros interlocutores, incluso aunque conformen el público de un auditorio. Pero cuando la etiqueta negativa está consolidada, se pierde la medida, al darse por hecho que el interlocutor del momento —vamos, cómo va a pensar eso, con lo formal que ha sido siempre— coincidirá en el reparto de estopa a los etiquetados. En cuanto a los auditorios, si un espectador —o un televidente o un oyente o un lector— se siente aludido, pues que emprenda el camino correcto y se ahorrará sofocones. Desde ese momento, se han establecido las categorías morales.

Pues bien, uno de esos conceptos absolutos positivos y exclusivos que se enarbolan durante estos meses de pesadilla es el de «la ciencia»; así, hasta con artículo determinado. Entiéndase que yo me considero un absoluto ignorante en estas cuestiones, máxime al nivel que requieren para combatir lo que nos está afectando. Me limito a hacerme eco de unas opiniones que están siendo ocultadas por los principales medios de información, sin que signifique necesariamente que las comparta, ni que las identifique con ningún grupo o gremio al que pertenezca; sería absurdo, pues no dispongo de conocimientos.
El mensaje es atosigante: «la ciencia» dice esto, «la ciencia» dice lo otro, «la ciencia» dice lo de más allá… Pero «la ciencia» está compuesta por científicos, por análisis, por estudios; y lo que ocurre realmente es que los medios de comunicación de masas están identificando «la ciencia» con un discurso único, mientras ocultan —o directamente censuran— el de los científicos discrepantes, que los hay. De modo que, como éstos ya han recibido la etiqueta de rigor, quedan automáticamente descalificados en el improbable caso de que su voz se cuele por uno de estos medios.

La comunidad científica no es unánime en el asunto de las inyecciones que nos llevamos entre manos. Supongo que habrá una mayoría con una opinión y una minoría con otra, no por minoritaria menos versada ni comprobada. Se nos ha repetido —aun hoy se nos repite, con lo que ya sabemos que está ocurriendo, y que por un mínimo de decoro omitiré en estas líneas—, por los canales oficialistas, que las inyecciones son «eficaces» y «seguras». Pues después de un año de inoculaciones, estamos casi como al principio. Estudios hay para todos los gustos y en todas las direcciones, así como gráficos estadísticos que corroboran o refutan según qué hipótesis. Pero sí hay algunas cosas inobjetables: nos dijeron que con un par de pinchazos se acabaría este mal sueño, y que con un 70% de población inoculada se alcanzaría la inmunidad colectiva. Esperábamos el año 2021 con todas nuestras ansias. Pues henos aquí en su último mes: todavía mantenemos las medidas de protección mientras los mismos que nos prometían lo anterior nos piden —mejor dicho: nos exigen— ahora más pinchazos. Pinchazos sin límite (algunos gobiernos del mundo ya están diciendo que han comprado hasta 2023). Si esto ocurre así, será por uno de estos dos motivos: a) el plan es un fracaso (con todo lo que ello implica); o b) el plan es una estafa (con todo lo que ello implica).
¿Estoy fomentando el pánico? Cada uno siente pánico con lo que quiere. Por ejemplo, a mí me da pánico que en estas condiciones se inocule a los niños de cinco años. Como también me da pánico que las Administraciones y los (sus) empresas de información nos oculten una parte de la realidad.

Da la impresión de que la inoculación, más que un medio (para combatir una enfermedad) es un fin en sí misma. Si no se informa adecuadamente a la población, si ningún médico firma una receta, si ninguna farmacéutica se hace responsable, si ningún gobierno queda comprometido —ni siquiera las compañías aseguradoras— por los graves efectos adversos que se están dando en determinado número de personas, ¿cómo llamamos irresponsables a quienes se han mostrado cautos con lo que consideran un experimento génico?
Muy fácil: porque la etiqueta ya está impuesta. Los renuentes, cuando no son identificados con personajes supuestamente grotescos, son tildados de lo peor. Viene fomentándose un caldo de cultivo peligrosísimo —coincidente con los prolegómenos de los episodios más tremendos de la Historia— contra un grupo de personas que se han limitado, como todas las demás, a sopesar y a decidir. No tiene sentido alguno que se esgrima que las inyecciones no protegen porque una minoría no se ha inoculado las mismas inyecciones que no están protegiendo a la mayoría. Que para que una persona quede protegida —con algo que, todavía hoy según el propio relato oficialista, «inmuniza»— debe pincharse también el vecino. No se está llevando a la opinión pública las posibles ventajas de la inmunidad natural de quienes han superado la enfermedad, que podría ser mejor que cualquier otro artificio. No se está contrastando la información.

Como la extensión de este escrito está alcanzando unos límites rayanos en lo plúmbeo, añadiré para quienes me hayan concedido la cortesía de leer hasta aquí que esto no se trata de tener razón o no, sino de estudiar distintas opciones y tomar una decisión en algo tan fundamental como nuestra salud o la de nuestros niños. Puedo cambiar de opinión en cualquier momento si considero que mi punto de vista es erróneo, como también sé que estoy expuesto a enfermar, incluso gravemente, al margen de la determinación que haya tomado. Por favor, si decidimos meter una sustancia en nuestro cuerpo, que sea porque conozcamos su composición y porque realmente consideremos que repercute en nuestro bien. No resultan gratificantes las declaraciones de jóvenes estos días, que afirman que van a pincharse porque así los dejarán entrar en las discotecas. Estamos desviando el sentido de las cosas. Esto es algo que debería decidirse con un análisis clínico —cada persona tiene un historial y puede ser propensa a determinadas reacciones— y con una prescripción facultativa, no porque los gerifaltes regionales —y aquí no excluyo a ninguno ni a ninguna—, con su infinita magnanimidad, nos vayan a otorgar unas libertades que hemos dado por perdidas sin plantearnos siquiera que esto pudiera llevarse de otra manera. El paso que se ha dado este día de santa Bárbara puede ser irreversible.
Por eso mismo, por considerar que cuando un Estado entra —además, sin ningún argumento plausible, a la vista de la situación— en el cuerpo de una persona se ha perdido todo reducto de libertad individual, me gustaría que la renuencia se manifestara con naturalidad, abandonando esa semiclandestinidad vergonzante a la que la abrumadora presión ambiental la está sometiendo. Los renuentes no son (no somos) culpables de la mala gestión de ningún gobierno. Si hay que buscar responsables, búsquense donde realmente están, no en los que avisaban (avisábamos) de que esto podía no salir tan bien como nos aseguraban los mismos que hoy desvían la mirada. Bien sabe Dios que nada me gustaría más que, dentro de unos meses, mis temores se demostraran infundados. Pero ahora mismo barrunto un invierno, además de frío, oscuro y tenebroso, en este mundo de cielos cuadriculados, volcanes redivivos y aves que caen fulminadas en pleno vuelo.

En esta lucha estamos todos juntos. Reciban mi respeto y mi apoyo, como siempre lo han tenido, todos mis familiares, amigos, compañeros, paisanos y congéneres, tomen la decisión que tomen, porque consideran que es la mejor para su salud y la de sus hijos. Al mismo tiempo, espero que disculpen este desahogo: alguien tenía que ser el primero en decir —al menos, en nuestra ciudad— que el rey está desnudo. Y reciba también mi gratitud mi buen amigo Fernando Guardiola, por haber publicado en su web un escrito tan a contracorriente, y cuando la corriente es tan fuerte.

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