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Cuando el silencio gritó en  la oscuridad de la noche: Torrevieja estremecida ante la muerte de Cristo

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La noche se vistió de luto en Torrevieja. No fue una noche cualquiera: fue esa en la que el tiempo parece detenerse, en la que la fe se hace susurro y la emoción se convierte en un nudo en la garganta. Por sus calles sumidas en una penumbra casi absoluta, el silencio —ese silencio denso, solemne, sobrecogedor— se apoderó de cada rincón en la noche más intensa de la Semana Santa torrevejense. Miles de personas, contenidas en un respeto casi sagrado, revivieron con estremecimiento la muerte de Jesucristo.

A las diez en punto, hizo su salida la “Procesión del Silencio” con  la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz de la Convocatoria, avanzando con paso lento y medido, escoltada por penitentes que portaban faroles de forja. En su interior, una luz tenue y monótona parecía latir al ritmo del dolor, proyectando sombras alargadas sobre los muros, como si la propia ciudad llorara en silencio. El sonido grave de su banda de tambores marcaba el pulso de una procesión que no solo se veía, sino que se sentía en lo más hondo.

Tras ellos, como si el instante estuviera marcado desde la eternidad, Cristo Crucificado apareció en el umbral del Templo de la Inmaculada. La escena, apenas iluminada por la tenue luz de los cirios, adquiría una fuerza casi irreal. En ese momento, la Coral “Manuel Barberá”, dirigida por Sergey Larkin, rasgó el silencio con las primeras notas de «O, Jesu Christe» de J. Van Berchem (S. XVI), una plegaria convertida en música que pareció elevarse hacia la noche como un lamento antiguo, profundo, universal.

El imponente Cristo Crucificado, obra de Manuel Hurtado Garre (1954), se alzaba como un símbolo absoluto de sacrificio y redención. Desde el año 2017, le precede la reliquia del obispo San Manuel González García, canonizado en 2016 por el Papa Francisco, y custodiada por la familia Aranda Hortelano. Su presencia añadía un aura aún más profunda de espiritualidad, como un puente entre la historia y la fe viva del pueblo.

El paso de María Santísima del Silencio, con las imágenes de la Madre y el discípulo amado, obra de Víctor García (1996), avanzó con una elegancia sobrecogedora bajo la dirección de su capataza, Silvia de Oro. Era un momento de una belleza desgarradora: mujeres portando el paso, con rostros serios, contenidos, reflejando en sus miradas la tristeza infinita de una madre que contempla la muerte de su hijo. El cortejo se veía arropado por un numeroso grupo de Mantillas, en su mayoría pertenecientes a la Casa de Andalucía “Rafael Alberti”, precedidas por la Reina de la Sal, Daniela Gómez, Miriam Córdoba y Sara Toribio y una sección de tambores de la Banda  “Esperanza Pilareña”, en un desfile donde tradición y devoción se entrelazaban con naturalidad.

Uno de los instantes más íntimos y cargados de emoción llegó al paso por el barrio del Acequión, en el emblemático callejón del Turco. Allí, en ese rincón que respira esencia de Semana Santa, aguardaba una rosa. Una sola rosa, símbolo del recuerdo eterno a Mariano Montesinos, uno de los pilares de la Cofradía de Cristo Crucificado y María Santísima del Silencio. Cada Jueves Santo, la Cofradía le rinde homenaje de la mano de sus capataces, Agustín Martínez Rufete y Nicolás García Villalgordo, en un gesto sencillo pero profundamente conmovedor, donde la memoria se convierte en presencia.

Desde su balcón, el cante rompió la noche. Iván Segura Ruiz “Chaskío”, elevó su voz en dos intensas saetas al paso de los titulares de la Cofradía. Fueron ofrecidas por la Casa de Andalucía “Rafael Alberti” de Torrevieja, y su eco, cargado de quejío y verdad, atravesó el silencio como una oración desgarrada, poniendo voz al dolor que hasta entonces había permanecido contenido.

Durante más de tres horas, la procesión deambuló por calles envueltas en sombras, avanzando lentamente hacia la madrugada. Cuando ya el calendario marcaba el Viernes Santo, el silencio seguía intacto, respetado por un público que este año fue más numeroso que nunca, pero que supo guardar ese recogimiento absoluto que da sentido a la procesión.

En la recogida, la solemnidad no decayó. Estuvieron presentes el Vicario de la Inmaculada, Fernando Galvañ; el alcalde, Eduardo Dolón; la vicealcaldesa, Rosario Martínez; y los ediles de la Corporación Municipal, Federico Alarcón, Sandra Sánchez, Ricardo Recuero, Domingo Paredes, Rosa Cañón, Diana Box, Trudy Páez, Óscar Urtasun, Bárbara Soler, José A. Bonilla, Margarita de Francisco y Carolina Ponce. También acudieron el presidente de la Junta Mayor de Cofradías, Francisco Montesinos, el Capirote de Oro 2026, Edmundo Prades, presidentes y Hermanos Mayores de otras Cofradías, junto a una representación del Ejército, la Guardia Civil, la Policía Nacional y la Policía Local.

Así, entre sombras, música antigua, saetas y silencio, Torrevieja volvió a vivir una de sus noches más profundas. Una noche en la que no hicieron falta palabras, porque el silencio —ese silencio inmenso— lo dijo todo.


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