El cuaje en la artesanía salinera de Torrevieja: química, tradición y arte (VI)

Maqueta realizada al modo antiguo, con todas las piezas de caña, madera y juncos atados con hilo de algodón. Codaste, quilla y roda se han ensamblado con tres piezas diferentes. Autor desconocido.
Foto: Ana Meléndez Zomeño

Ana Meléndez Zomeño
Publicado en la Revista de Invierno de Ars Creatio

Manuel Sala Campos y Miguel Pérez Muñoz, los salineros jubilados y los dos únicos artesanos en activo, como Juan Pujol, ya jubilado como salinero y artesano, afirman que «las maquetas las hace cualquiera. Lo difícil es el cuaje». Es cierto que hacer las maquetas es una habilidad más, dentro de lo curioso que resulta forrar con tela piezas de madera, caña o junco (en tiempos pasados), o piezas de materiales más accesibles en la actualidad, como bambú o PVC. Después de forrarse se ensamblan y se atan con hilo de algodón. Ahora, además, se les pone una gota de un pegamento especial en puntos clave.

Antaño, la habilidad de hacer nudos marineros era esencial para dar consistencia al conjunto. Si consultáramos las biografías de los salineros que han cuajado barcos, casi todos trabajaron en el mar o fueron profesionales en la carpintería o ebanistería.

Volvamos al cuaje. Una vez clavadas las barras de hierro en el fondo y preparados todos los tablones con las maquetas, los artesanos salineros esperan a que llegue el momento oportuno y deseado. Tomarán muestras con el densímetro hasta que éste marque unos 27º Baumé (según Miguel Pérez Muñoz), aunque ellos cuentan con sus propios trucos. Por ejemplo, atan una punta de un cabo a una barra y a la otra le ponen un peso para que caiga al fondo. En cuanto comience a precipitar la sal se irá adhiriendo y les servirá como guía de que se acerca el momento de fondear los objetos. Su experiencia les permite interpretar la evolución de la salmuera y observan cómo la sal se va acumulando en las orillas, postes abandonados, etc.

Cristalización de la sal o cuaje en un hilo de pescar. Foto: Ana Meléndez Zomeño.

En ocasiones, aprovechando que hay viento, aunque no sea el más adecuado, sumergen las estructuras unas horas y quedan recubiertas de una fina capa de sal. Como dicen ellos, esto sirve para ensalitrarlas y, así, en el cuaje definitivo, la sal agarra mejor. A veces ese primer baño, en el que se ensalitran, es simplemente el resultado de aprovechar que se han visto obligados a retirar los barcos de la laguna porque el viento ha amainado.

Es fundamental reintroducirlos cuando estén muy secos; de no ser así, los granos surgen de forma poco uniforme o, como dicen ellos, se arrosarian como las cuentas de un rosario. Otra de las expresiones empleadas en la artesanía torrevejense es la de que los granos se apiojan. Si calma el viento, comienzan a formarse unos granos muy pequeños que se quedan pegados en las aristas o las caras de los que estaban perfectamente formados, restando brillo y afeando un acabado perfecto.

Cuando por fin sopla el viento de componente este con gran intensidad, comienzan a sumergir unos centímetros los tablones con los barcos u otros objetos bocabajo, quedando a unos centímetros de la superficie de la salmuera. Después se sujetan las barras entre sí para hacer un entramado que ofrezca resistencia al viento. También atan con una cuerda cada tabla a una barra, para que en caso de que se desmantele todo el montaje, si todavía no ha agarrado mucha sal, no se lo lleve el viento a otra parte de la laguna. Cuentan Manolo y Miguel que más de una vez han tenido que ir recorriendo la costa en busca de barcos.

Tablones con maquetas sumergidas y atadas a las barras de hierro. A la izquierda, Manuel Sala Campos (2020); a la derecha, Miguel Pérez Muñoz (2019). Fotos: Ana Meléndez Zomeño.

El viento de levante es húmedo. Éste es un detalle muy importante, porque la humedad ralentiza la evaporación y favorece la formación un grano de sal idóneo. Además, debe ser intenso, porque con el batimiento de la superficie del agua se acelera el proceso de cristalización y se asegura la calidad del cuaje. Los artesanos cuentan que, por supuesto, con otros vientos también se produce la cristalización, pero con resultados diferentes. Afirman que con viento de mistral el cuaje es muy bonito, con cristales pequeños pero muy frágiles y que se deshacen con gran facilidad.

Miguel Pérez Muñoz, fijando los tablones entre las
barras de hierro. Imagen: dron Nahúm Méndez Chazarra

Por si fuera poca la dificultad, se mantienen atentos a los posibles cambios meteorológicos. Cuando el viento amaina hay que sacar todos los objetos, porque los cristales de sal en esas circunstancias se ordenan formando agujas o cuajan de forma desigual. Incluso, afirman que el cuaje que se da en las dos primeras semanas, en las que comienza la sal a precipitar, se producen cristales opacos o lechosos: en argot salinero, se enmomian. Quizás sea debido a que en la salmuera haya impurezas, como restos de yesos que todavía no han precipitado.

Cuaje malogrado con cristales como agujas. El proceso de cristalización ha dado lugar a púas por la falta de viento.

Cuaje malogardo con cristales opacos o lechosos (mármol, en argot salinero); a la derecha, cristales traslúcidos (detalle del barco cuajado en 1967 por Antonio Pujol Campillo). Fotos: Ana Meléndez Zomeño.

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