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El Nilo vuelve a cobrar vida en Torrevieja de la mano de la UNED

Álbum, pinchando sobre la foto

El Auditorio del Centro Cultural Virgen del Carmen registró ayer una magnífica entrada con motivo de la primera de las clases magistrales del curso «La vida a orillas del Nilo» en el Antiguo Egipto, el primer curso del año incluido en el programa Universidad Abierta para Mayores del Aula UNED de Torrevieja.Una propuesta que despertó un notable interés entre el público y que permitió a los asistentes emprender un fascinante viaje por la historia del antiguo Egipto de la mano de Santiago Mallebrera, uno de los grandes conocedores alicantinos de la vida cotidiana, las costumbres y las curiosidades de aquella civilización milenaria.

En esta primera sesión, dedicada a «Los productores», Mallebrera abordó de una manera amena y cercana uno de los aspectos fundamentales para comprender el nacimiento y desarrollo de la civilización egipcia: la relación entre el ser humano y el río Nilo. Mucho más que un curso de agua, el Nilo fue durante miles de años el auténtico eje vertebrador de Egipto, una fuente de vida alrededor de la cual se organizaron la agricultura, la economía, las comunicaciones, las ciudades, la religión e incluso buena parte de la estructura social del país.

Para comprender la importancia que tuvo el río hay que remontarse a los orígenes de su extraordinario recorrido. El Nilo nace de la confluencia de dos grandes sistemas fluviales, el Nilo Blanco y el Nilo Azul, que discurren por territorios africanos diferentes hasta encontrarse en Jartum, en el actual Sudán. Desde allí, el río continúa su largo recorrido hacia el norte atravesando el territorio egipcio hasta desembocar finalmente en el Mediterráneo. Durante miles de años, este inmenso corredor de agua permitió que una estrecha franja de territorio fértil quedara rodeada por uno de los ambientes más áridos del planeta.

De ahí procede una de las características esenciales del antiguo Egipto: la vida se concentraba alrededor del Nilo. El río proporcionaba agua para el consumo, permitía regar los campos, facilitaba el transporte de personas y mercancías y aportaba cada año el preciado limo que convertía las tierras próximas a sus orillas en terrenos extraordinariamente fértiles. No es casualidad que el historiador griego Heródoto definiera Egipto como un auténtico «don del Nilo», una expresión que resume perfectamente hasta qué punto la existencia de aquella civilización dependía del comportamiento del río.

Mallebrera explicó cómo se desarrollaba la vida productiva antes de la construcción de la gran presa de Asuán, una infraestructura inaugurada oficialmente el 15 de enero de 1971 y que transformó radicalmente la relación de Egipto con el Nilo. Antes de la presa, las crecidas anuales constituían un fenómeno fundamental para la agricultura y condicionaban buena parte del calendario de la población.

Durante los meses de verano, especialmente entre mayo y agosto, las lluvias producidas en las regiones de origen del Nilo provocaban el aumento progresivo del caudal. Las aguas terminaban desbordando el cauce y cubriendo extensas zonas de las tierras próximas al río. Cuando finalmente comenzaban a retirarse, dejaban sobre los campos una capa de limo oscuro y rico en nutrientes, un fertilizante natural que permitía cultivar las tierras sin necesidad de recurrir a los sistemas modernos de fertilización.

Aquella alternancia entre inundación, retirada de las aguas, siembra y cosecha terminó dando lugar a un auténtico calendario agrícola egipcio, estrechamente ligado al comportamiento del río. Los antiguos egipcios dividían tradicionalmente el año en tres grandes estaciones: Akhet, la estación de la inundación; Peret, cuando las aguas se retiraban y comenzaba el periodo de cultivo; y Shemu, correspondiente a la época de la cosecha.

La agricultura constituía la base de la economía y de la alimentación. Una vez retiradas las aguas, los campesinos debían actuar con rapidez, puesto que las elevadas temperaturas podían hacer que la tierra se endureciera en poco tiempo. Se sembraban principalmente cereales, especialmente trigo y cebada, además de legumbres, hortalizas y otras plantas destinadas tanto a la alimentación como a la producción artesanal, entre ellas el lino, fundamental para la fabricación de tejidos.

La forma de trabajar la tierra era muy diferente de la actual. Se utilizaban herramientas relativamente sencillas, como azadas y arados de madera, en ocasiones reforzados con piezas de cobre o bronce. Los animales también desempeñaban un papel importante. Bueyes y otros animales de tiro ayudaban en las labores agrícolas, mientras que, según explicó Mallebrera, determinados animales de poco peso podían utilizarse para facilitar la introducción de las semillas en la tierra.

Después llegaba uno de los momentos más importantes del ciclo agrícola: la cosecha. Los cereales eran segados y posteriormente se procedía a separar el grano de la paja. Para ello se utilizaban animales, especialmente bueyes, que ayudaban mediante sus pisadas a desprender el grano. Posteriormente se realizaba el aventado, aprovechando el viento para separar las partes más ligeras de las más pesadas, antes de almacenar el cereal en graneros y silos.

El lino tenía también una importancia extraordinaria. De sus fibras se obtenía uno de los principales materiales textiles utilizados en el antiguo Egipto, y su cultivo y tratamiento formaban parte de una cadena productiva en la que las mujeres desempeñaban un papel destacado. El tejido de lino se utilizaba tanto para la vestimenta cotidiana como para prendas de mayor calidad y, naturalmente, para las vendas empleadas en los complejos procesos funerarios de la sociedad egipcia.

Pero la importancia del Nilo iba mucho más allá de la agricultura y la economía. La religión egipcia también estuvo profundamente vinculada al río y a sus ciclos. La fertilidad que proporcionaban las inundaciones se interpretaba dentro de una visión religiosa en la que la naturaleza, los dioses y la vida humana estaban estrechamente relacionados. El orden del mundo, conocido como maat, debía mantenerse frente al caos, y el comportamiento regular de la naturaleza constituía una de las manifestaciones más importantes de ese equilibrio.

Precisamente esa dependencia hizo que los egipcios desarrollaran una extraordinaria capacidad de observación de los ciclos naturales. El comportamiento del río, la posición de los astros, las estaciones y las necesidades de la agricultura contribuyeron al desarrollo de conocimientos matemáticos, astronómicos y administrativos que terminarían convirtiendo al antiguo Egipto en una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad.

La sesión de ayer permitió, por tanto, acercarse al Egipto de los faraones desde una perspectiva diferente. No solo desde sus monumentos y sus grandes personajes, sino desde la vida cotidiana de quienes trabajaban, cultivaban, pescaban, transportaban mercancías y sostenían con su esfuerzo aquella extraordinaria civilización. Una mirada a la historia desde la vida de sus protagonistas más anónimos que hizo especialmente amena e interesante la exposición de Santiago Mallebrera.

También cabe destacar la importante aportación del director de la UNED de Torrevieja, Jesucristo Riquelme, quien durante la sesión ejerció como responsable técnico de imagen y sonido, coordinando magistralmente todos los aspectos necesarios para el correcto desarrollo de la clase.

El curso «La vida a orillas del Nilo» en el Antiguo Egipto se prolongará durante todo el mes hasta completar seis sesiones, en las que se abordarán diferentes aspectos de una de las civilizaciones más fascinantes de la historia. La próxima clase tendrá lugar mañana, jueves día 8, y estará dedicada a «El arte», una nueva oportunidad para profundizar en el extraordinario legado artístico, religioso y cultural que el antiguo Egipto dejó al mundo.

Santiago Mallebrera es un veterano investigador alicantino y un profundo conocedor de los entresijos y curiosidades de la vida doméstica del Antiguo Egipto. Realizó la especialidad de Sistema jeroglífico del egipcio clásico en la Escuela Valenciana para el Estudio de Lenguas Bíblicas y Orientales de la Facultad de San Vicente Ferrer. Su permanente inquietud investigadora y su pasión por la aventura intelectual le llevaron, desde 2007, a convertirse en director del Taller de Traducción de la Asociación de Egiptología ITERU.

El nombre ITERU constituye precisamente una de las transcripciones utilizadas para referirse al Nilo, lo que resulta especialmente apropiado para una asociación dedicada al estudio de la civilización egipcia. Mallebrera es además miembro activo de la Asociación Valenciana de Egiptología y cuenta con una extraordinaria experiencia sobre el terreno, ya que ha realizado más de medio centenar de viajes a Egipto como guía-acompañante.

Su profundo conocimiento, unido a una notable capacidad para transmitir la historia de forma cercana, entretenida y llena de curiosidades, convierte cada una de sus intervenciones en una oportunidad para descubrir un Egipto diferente: el de los grandes faraones y monumentos, pero también el de los campesinos, artesanos, comerciantes y familias que durante miles de años hicieron posible que la civilización del Nilo prosperara a orillas de uno de los grandes ríos de la historia de la humanidad.


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