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La charamita abre las fiestas entre risas, carreras y garbanzos torraos

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VÍDEO: Pinchando AQUÍ

La primera charamita de las fiestas volvió a despertar ese espíritu juguetón que Torrevieja lleva muy dentro. Y lo hizo a lo grande, con el regreso de los incansables Lily, el Lobo y el Ogro, que ayer arrancaron una nueva ronda de salidas capaces de desatar la misma emoción año tras año. Basta con que asomen por la puerta del Ayuntamiento viejo para que, de repente, medio pueblo entre en “modo fiesta” automática.

En cuanto aparecen, se forma detrás de ellos un séquito que ni en los cuentos: una masa interminable de niños con los ojos brillantes, mamás empujando carricoches como si participaran en un rally festivo, papás cargando con sus hijos a “cucurumillo” y esos abuelos que, una vez que tienen a un nieto en brazos, no lo sueltan aunque la vida se empeñe en ponérselo difícil. Con semejante equipo, el desfile se convierte en un río humano dispuesto a seguir a los gigantes y cabezudos como si fueran el mismísimo flautista de Hamelín… pero con más ruido, más alegría y algo menos de disciplina.

El cortejo avanzaba entre gritos que ya forman parte de la banda sonora sentimental de Torrevieja. Se escuchaba el clásico “Serafina la cochina es una chica muy fina, ¡Serafina, Serafina!” y, por supuesto, no podía faltar el himno humorístico de cualquier charamita que se precie: “¡Como sé que te gustan los garbanzos torraos, por debajo la puerta te los echo a puñaos!”. Alguno incluso buscaba la puerta más cercana, no fuera a ser que este año los garbanzos sí fueran de verdad, que los niños siempre están dispuestos a comprobarlo.

Ayer los pequeños estaban impacientes, casi en modo resorte, esperando que los gigantes salieran para echar a correr detrás de ellos en esa mezcla de emoción, susto y carcajada que define tan bien esta tradición. Como siempre, las previsiones se quedaron cortas: no cabía un alfiler. La Salida de los Gigantes y Cabezudos volvió a ser la reina absoluta de la fiesta, ese momento que marca el inicio real de los festejos torrevejenses, cuando hasta los adultos vuelven a sentirse niños… y a veces los más entusiasmados no son precisamente los más bajitos.

Una vez más, la charamita demostró que sigue siendo uno de los tesoros más queridos de la ciudad: un desfile donde el humor, la inocencia y el alboroto festivo se mezclan para recordarnos que, al final, todos tenemos un hueco reservado para la alegría de los gigantes, los cabezudos y, cómo no, esos garbanzos torraos que nunca faltan… aunque sigan siendo imaginarios.


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