Manuel Balaguer, Mamel, vio la luz por primera vez en Larache, ciudad portuaria del Atlántico africano, en 1945, cuando la zona –en la región de Tánger, Tetuán y Alhucemas– era Protectorado español (1912-1956). En la actualidad, pertenece al reino de Marruecos. Su paisaje y su ambiente marino y fluvial, el del río Lucus, marcaron su mirada desde niño. También forjó su espíritu creativo entre leyendas mitológicas: en Larache, tan cerca de la fenicia Lixus, hoy en ruinas, por supuesto, se llegó a ubicar el jardín de las Hespèrides, donde las ninfas griegas custodiaban los frondosos árboles de las manzanas de oro.
El homenaje se ha programado con motivo de una exposición retrospectiva del pintor murciano José Miguel Masiá (1955) que se inaugurará el 8 de septiembre del año en curso, martes, en el Centro Cultural Virgen del Carmen, de Torrevieja, a las 7 de la tarde.
La formación académica, como la de tantos artistas plásticos, sin embargo, guarda relación con el trabajo de delineante, una profesión de dibujo lineal y matemático: se graduó en Arquitectura Técnica, en Madrid (1963-1968).
Mamel, hoy residente en Alicante, ha sido un destacado pintor y grabador, que echó raíces en Torrevieja durante más de veinte fructíferos años… Es reconocido como uno de los grandes especialistas del país en grabado: fue Premio Nacional de Grabado en 1994, y se consolidó como un maestro en el uso de la acuarela.
Sus acuarelas se caracterizan por los trazos rápidos, colores tenues, gran luminosidad y transparencia. Refleja temáticas en torno a paisajes urbanos, rincones tradicionales, marinas, bodegones y arquitectura popular (con obras dedicadas a lugares como Larache o Crevillente, donde su obra se halla recogida en la pinacoteca municipal, o Torrevieja).
Los inicios de su pintura se remontan a pintar al aire libre, en Larache, en 1963: a los poco más de 18 años ya salía con el pintor marroquí Mohamed Yebary a pintar del natural por calles y paisajes de la zona. Hace sus primeras exposiciones en Marruecos: la primera en la Casa de España en Larache (1964) y al poco tiempo en el Casino Municipal de Tánger (1966).
Vivió en la Costa del Sol (Marbella, Torremolinos, Fuengirola…) entre 1971 y 1982. Durante este periodo, conoció al pintor Pedro Escalona (Fuengirola, 1949), de quien recibió clases de pintura y grabado, que colmaron su inquietud y pasión por estas técnicas. En la década de los 70 viaja por Dinamarca y Noruega, donde mantiene contactos con galeristas y artistas nórdicos. A resultas de esta nueva aventura, en 1982, definitivamente abandona Mamel su trabajo como arquitecto técnico y se dirige a tierras y costas levantinas para poder estudiar Bellas Artes: en 1987 obtiene el título en Bellas Artes por la Escuela de San Carlos (Universidad de Valencia) en la especialidad de Grabado y Estampación.
Posteriormente, se estableció, ya maduro, en Torrevieja, donde ostentó el cargo de profesor y director de la Escuela Municipal de Pintura desde su creación (1990-2011): responsabilidad que compaginó con un taller privado de pintura y grabado.
En 1998 le encargan grandes murales: para Alicante, Torrevieja y Marbella. Desde el año 2000, su pintura se libera de lo figurativo y se va acercando a la abstracción y el colorido de sus grabados. Lanuza Ediciones, entre 2006 y 2009, le encarga los grabados de los libros Poblament (de Callosa de Ensarriá), Carta Pobla (de Finestrat) y Altea Poemas (de Altea). En 2011 se retira de la enseñanza y traslada su residencia a Alicante, donde abrió estudio y, ya algo acosado por la salud, vive actualmente.
Sergio Barce, en 2012, afirmó que su pintura se desliza con la suavidad del barco que entra por la boca del río Lukus, en Larache, tranquila, cándidamente. No hay espacio olvidado; cada detalle de cada pincelada es un rincón entrañable, siempre emocionado: “El artista deja escapar casi en silencio la imagen que, de su pueblo, ha ido moldeando en la luminosidad de su memoria”. Esto lo relacionada con la realidad imaginada… (y sublimada) de la exposición de acuarelas de J. M. Masiá, que, en homenaje, ha organizado el Aula UNED de Torrevieja.
En otras acuarelas, contemplamos destellos: una parte del río y el delicado detalle de dos niños que juegan en la orilla, ajenos al mundo, quizá refugiados en este espacio mágico en el que Manuel Balaguer los sitúa, y donde se sitúa él mismo. Los barcos en el puerto pesquero, el delicado trazo de las casas, como si acariciase a la ciudad con la punta de su pincel. Mas, de pronto, el desgarro. El castillo al-Fath, castillo Laqbíbat, el castillo de las cupulitas, castillo de San Antonio, el viejo Hospital Civil que muere arrinconado por el olvido. Demasiados nombres para una fortaleza perdida. La acuarela se entristece, los colores bajan de intensidad ante el anciano en ruinas, los escombros en la ladera y sus piedras podridas, los muros sajados, que parecen desangrarse lentamente, heridos de muerte. Acuarela nada simple: la simbología de la obra es atroz y pesimista, cruda y realista. Un grito desgarrado.
Desde esa óptica romántica, idealizada, Larache se ve deslumbrante por los colores azul, verde y esmeralda de su río y de su océano, en esa simbiosis que todo larachense es capaz de recuperar cuando mira atrás, por encima del hombro, y piensa en la vuelta o en la lejanía de su tierra. Cielo y mar, cielo y río, cielo y espacio ensoñado. Luego, el impacto de su tierra, de sus rocas, de su castillo varado, en un marrón apaciguado, telúrico y amorosamente inventado a un tiempo, y sus casas blancas de la Medina vieja y del Balcón nuevo. Luz y calidez, alegría y recogimiento. Es cuanto se desprende de esas acuarelas: felicidad desbordante y desbordada ternura por un mismo recuerdo ya imborrable, inmarchitable. Pura emoción
Con el tiempo, continúa Segio Barce (2010), su pintura creativa se ha ido imbuyendo de imágenes nacidas de la abstracción: tanto del subconsciente como del sueño. Aplica el vanguardismo a técnicas diferentes: desde las acuarelas a cuadros en madera con acrílicos, murales, serigrafías, collages, grabaciones… Mundos oníricos, a los que ha llegado tras un trabajo de largo recorrido, en los que la realidad se entremezcla con lo imaginario, el mundo actual y el universo sensorial. Manuel Balaguer, un artista pleno, maduro, permanentemente innovador.
En 2017, donó catorce acuarelas al Ayuntamiento de Crevillente: pertenecían a su exposición Vuelta a los orígenes. Los cuadros reflejan lugares como el mercado municipal, las vistas desde las chimeneas, las cuevas de la Salud y sus calles, el Obelisco, la plaza de la Constitución y la iglesia de Nuestra Señora de Belén. Crevillente y Torrevieja siempre le trajeron a la memoria creativa su Larache natal. De la Torrevieja de antaño, la de los años 60 y 80, nos dejó sus cuadros del antiguo restaurante Miramar (junto al Club Náutico) o la cabaña del Bufa (en la playa de El Acequión). Con la técnica del collage, podemos sorprendernos de la originalidad de su arte en el vestíbulo del Registro de la Propiedad, de Torrevieja (C/ José Hurtado Romero, el Felisia, 4).
Mamel ha dejado huella en varias generaciones de pintores locales. Uno de sus alumnos que cuenta ya con la fama de la gloria artística y mediática fue Alfonso Ortuño. El genial oriolano, nacido en 1942, siempre ha agradecido a Manuel Balaguer que lo introdujera con sabiduría y arte en la técnica del grabado. Entre los trabajos de excelencia de Ortuño destaca la serie que dedicó en homenaje a las cuarenta y dos octavas reales de Perito en lunas, de Miguel Hernández (1910-1942).
Si pudiéramos contemplar la obra completa, en una muestra retrospectiva de Mamel, nos llamaría la atención cómo se vierte en sus cromatismos la temporalidad y cómo asume el artista el deterioro de lo material. Se ha aseverado que Manuel Balaguer, en su etapa abstracta, de influencia mayoritariamente asiática y, en cierto modo, expresionista, plasma estas sensaciones mediante un lenguaje figurativo con base de grabado, muy sugerente y de gran belleza.
Gracias, Mamel. Sirva de homenaje la retrospectiva de José Miguel Masiá, otro artista brillante que merece un lugar en el jardín de las Hespérides que tanto rememoraba Mamel: acuarelas como gotas de oro.
Jesucristo Riquelme
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