Opinión: Día de Inocentes

Matanza de los Inocentes

Antonio Sala

Antonio Sala Buades

Hemos completado la primera semana de este nuevo invierno, en el que nuestros sistemas inmunitarios vuelven a ponerse a prueba para combatir a los virus de siempre. Una semana en la que los medios de comunicación mayoritarios, de forma abrumadora y obsesiva, machacona e irrebatible, continúan hablando maravillas, a todas las horas, en todas las emisoras y en todos los canales, de la inyección de la que hace un año se contaba que iba a devolvernos a nuestra anhelada vida anterior, que a estas alturas de la película empezamos a tener ya un poco —o un mucho— olvidada. Difícil equilibrio el de elogiar un producto que no ha proporcionado el efecto apetecido pero en el que hay que insistir para que alcance el tan prometido éxito: si algo no ha funcionado, aumentemos las dosis. El caso es que lo están haciendo sin que por ninguna mejilla corra el rubor, al menos aparentemente. Tan es así que sueltan las coletillas de «inmunización» y «pauta completa» como si nadie fuera a pedirles explicaciones.
Como a los españoles, en especial a los de la actualidad, se nos conoce muy bien, de la comparecencia del máximo responsable nacional el pasado día 22 —irónicamente conocido como el de «la salud» para quienes no agarran premio en la lotería— sólo se ha comentado ampliamente el retorno —o no tal— de las mascarillas callejeras. Pero el susodicho embozo, además de ocultar nuestros apesadumbrados rostros, ha actuado de igual modo con otros aspectos de la declaración institucional que convendría aclarar cuanto antes. Aunque para ello se necesita un periodismo que pregunte y un poder que permita ser preguntado.
Hace tres semanas, en este mismo modesto medio local —y siempre por gentileza de su director—, advertíamos de que la muletilla «sólo por» constituía un mero pretexto para ampliar paulatinamente las restricciones y los plazos. Hace tres semanas, el llamado «pasaporte» iba a requerirse para entrar en restaurantes de menos de cincuenta asientos, y durante el mes de diciembre. Hace tres semanas era hace tres semanas; como el año pasado la gripe había prácticamente desaparecido y en éste nos apremian a vacunarnos contra ella. Ahora, por el momento —terrible sintagma adverbial si se aplica a determinadas cuestiones, como la que nos ocupa—, el «pasaporte» de marras se exigirá para entrar en cualquier restaurante y en más recintos, y hasta el 31 de enero. Pero ya se sabe, esta ostensible discriminación —por el bien común, por supuesto— se lleva a cabo «sólo por» unos días, hasta que termine todo.
Pero ¿va a terminar? O mejor dicho, ¿hay previsión de que termine? Entremos en el asunto. Porque el premeditado jaleo por los barbijos desvió la atención que requería una aseveración, cuando menos, inquietante: la que aseguraba que el dichoso «pasaporte» deberá renovarse, en adelante, a los seis meses de la administración de la última dosis de la inyección. De lo cual se extraen algunas conclusiones: la primera, que al no depender tal renovación de una visita a un despacho para que el funcionario de turno estampe en un papel un sello con la nueva fecha de caducidad, habrá que arremangarse por tercera vez. Sí, eso ya se ha dicho. Lo que no se ha dicho es que sea por «tercera y última y definitiva» vez, sino por última vez para esa fase de la renovación, que durará un semestre, hasta la siguiente, la cuarta; y así, hasta Dios sabe cuándo. Si es que no cambian las condiciones, incluso a peor. No parece haberse tenido en cuenta la opinión de quienes afirman que la variante hoy en circulación es más contagiosa pero menos virulenta, y que incluso podría ayudar a inmunizar colectivamente a la población. Además, yendo al fondo del razonamiento, éste es muy sencillo: si la inyección funciona —los inyectados no contagian ni son contagiados—, el «pasaporte» es innecesario por superfluo; y si la inyección no funciona —los inyectados contagian y son contagiados—, el «pasaporte» es innecesario por inútil. Por eso, para dejar tranquila a la gente, deberían ser respondidas estas preguntas y algunas otras; por ejemplo, las condiciones de los contratos firmados con las farmacéuticas, o los años que cubren las inyecciones acordadas, que serían inadecuadas si se va a dar por concluida la pandemia un día de éstos.
En otro punto de su comparecencia, el máximo responsable nacional anunció el objetivo de vacunar (sic) al 100% de la población, bebés incluidos. Tampoco parece haberse tenido en cuenta la opinión de quienes, como el abajo firmante, no han comenzado la serie ni tienen intención de hacerlo; ni la de quienes, habiéndola comenzado, han sufrido en carne propia, o en la de parientes, amigos o conocidos —incluso en algunos que ya no pueden contarlo—, una experiencia traumática que no pretenden repetir. Planteada la situación, la pregunta es inmediata: ¿qué métodos de «convicción» van a emplear nuestras estimadas autoridades? Si establecemos una comparación con los castigos infantiles, en estos momentos nos han dejado sin recreo; después, podrán retirarnos la paga; y, en el siguiente extremo, encerrarnos en el cuarto oscuro. ¿Exageraciones? Hace dos años no nos imaginábamos que llegaríamos adonde hemos llegado. Y es que hay una manera de llegar a cualquier parte, por descabellada que parezca: muy poco a poco, pasito a pasito; ya se sabe: «sólo por». Vaya usted a adivinar adónde habremos llegado dentro de unos meses. Por eso, para dejar tranquila a la gente, deberían ser respondidas estas preguntas y algunas otras; por ejemplo, la misión destinada al Ejército en el «rastreo» y en la «campaña vacunal» (sic); o el significado exacto de lo que eufemísticamente —escondiendo quizá la palabra «obligatoriedad»— vienen a denominar «ley de pandemias», que también ansían endilgarnos los que se supone ejercen la oposición.
Todo lo expuesto hasta aquí se refiere al aspecto meramente administrativo. Porque si entramos en otros terrenos, no estará de más recordar que las terminales mediáticas siguen empeñadas en ocultar lo que ya es imposible ocultar. Lo más significativo son las arritmias cardiacas repentinas, que sólo recogen los periódicos digitales locales —aunque se están recopilando en determinados foros—, y que se están haciendo más visibles en los futbolistas, por el evidente seguimiento que tienen éstos. Pero cada vez son más frecuentes los casos, incluso de muerte, en personas que pasean por la calle o practican deporte. Sin obviar las salidas de la vía que pueden estar pasando por accidentes de tránsito pero que pudieran tener como causa un desvanecimiento del conductor. Para mayor elocuencia, un dato estadístico: en el mes de noviembre anterior hubo 3000 decesos por encima de los esperados; es decir, un promedio de 100 diarios. Siquiera como hipótesis de trabajo, cabría preguntarse qué hemos hecho este año que no hayamos hecho los anteriores. O por lo menos, alguien debería preguntarlo, abiertamente, a alguna autoridad sanitaria. Cerrar los ojos ante estos datos sin investigarlos convenientemente sería, cuando menos, irresponsable.
Por otra parte, están cursándose denuncias en juzgados de toda España, en las que se alega que los viales de cualquier marca contienen sustancias no declaradas en los prospectos. Sin dar crédito ni dejar de darlo —carezco de conocimientos y de instrumentos para verificar o desmentir nada—, lo que una Administración seria debe ordenar es un análisis meticuloso, utilizando todos los medios técnicos de que dispone, para disipar cualquier duda. Pero la descalificación gratuita —no ya del discrepante, sino del que plantea otras líneas de investigación— nunca ha formado parte del método científico. La mejor manera de calmar a la gente es demostrar la tesis oficial con pruebas fidedignas, no con etiquetas prefabricadas. No contribuye en absoluto saber que las compañías farmacéuticas se han garantizado el secreto hasta dentro de 75 años.
Tampoco dejemos de lado la llamada «teoría ambiental» de la enfermedad que nos asuela. Hay quien afirma —insisto en mi absoluta ignorancia para corroborar o rebatir— que los síntomas coinciden con los del síndrome de irradiación agudo por exposición a campos electromagnéticos. Si hay entidades tan preocupadas con la huella de carbono que produce cada habitante de la Tierra, no estaría de más que se preocuparan también por los niveles de radiación que soportamos a diario, constantemente y en especial cerca de fuente directas, entre teléfonos móviles, dispositivos inalámbricos y unas antenas que cada vez proliferan más en las azoteas o las carreteras de cualquier pueblo o ciudad. Para dejar tranquila a la gente, lo prudente sería medir los voltios por metro que venimos recibiendo, comprobar que no se producen aumentos bruscos en determinados momentos del día o la noche y garantizar que no hay peligro por ese lado. Pero desacreditar a quien plantea la cuestión, o incluso a quien se limita a preguntar por ella, no es la forma de tranquilizar a la gente. Desde luego, no me tranquiliza a mí.
Pensemos en que se puede generar una desconfianza irreparable en el sistema sanitario y en los gobernantes. Mientras se transmitan dogmas y no se contrasten las diversas opiniones, mientras abunde la propaganda y escasee la información, el desconcierto se va a ir acrecentando. Instigados por los nacionales, los responsables regionales se han lanzado a una carrera para ver cuál decreta una medida mejor por nuestro bien y que nos amarre más. No quisiera tener la impresión de que los que aseguran resolver un problema son los mismos que están generándolo. Llevamos ya dos años con esta historia, hemos visto enfermar y morir a seres queridos y estamos expuestos a que la ruleta fatal caiga encima de cada uno de nosotros. Nos han dicho de todo, una cosa y la contraria, en cortos intervalos de tiempo. Hora es ya de que podamos hacer planes para el futuro sin el temor a la mala suerte de que una nueva letra griega vuelva a enturbiar unas fechas señaladas y a destruir la economía de los autónomos. Hora es ya de exigir que nos digan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y de que nos traten como adultos. Hora es ya de pedir responsabilidades a quienes realmente las tienen, evitando que se escuden en chivos expiatorios —mientras lanzan la jauría contra ellos— para eludirlas. Hora es ya de que se pregunten —y sobre todo, se contesten— determinadas cuestiones, y con la claridad y concisión suficientes. Quedan aquí algunas sugerencias, para los intrépidos periodistas que pueblan las ruedas de prensa.
Hora es ya, en definitiva, de que —aludiendo a la celebración del día— dejen de pasar por inocentes quienes tienen muy poco de tales. Por el contrario, al no quedar respondidas las citadas preguntas y otras muchas que se nos escapan, cada día hay más gente que está saliendo de la inocencia. Y como lo cortés no quita lo valiente, aprovechamos la (triste) ocasión para desear un feliz año 2022, dentro de lo que cabe y ante las previsiones esbozadas, que ojalá sean erróneas. Todo sea por nuestro propio bien.

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