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Oro, piedras sagradas y símbolos de eternidad: los secretos de la joyería del antiguo Egipto cautivan a los alumnos de la UNED

La tercera clase magistral del curso «La vida a orillas del Nilo II. La intrahistoria y otras historias del Antiguo Egipto», impartida por el especialista Santiago Mallebrera, acercó al público a un arte milenario en el que belleza, poder, religión y protección espiritual se fundían en piezas de extraordinaria factura.

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La joyería del antiguo Egipto volvió a brillar, esta vez a través de la historia y el conocimiento, durante la tercera de las clases magistrales organizadas en el marco de la Universidad Abierta para Mayores de la UNED. La sesión, dedicada a «La joyería en el antiguo Egipto» e impartida por el especialista Santiago Mallebrera, despertó nuevamente el interés del público asistente al curso «La vida a orillas del Nilo II. La intrahistoria y otras historias del Antiguo Egipto» en el Auditorio del Centro Cultural Virgen del Carmen.

Detrás de cada collar, anillo, brazalete o amuleto de aquella fascinante civilización se escondía mucho más que el deseo de adornar el cuerpo. Para los antiguos egipcios, las joyas constituían una expresión de belleza y distinción social, pero también un vehículo de creencias religiosas, protección mágica y esperanza ante la eternidad. Un universo artístico en el que los metales preciosos, las piedras de colores y los símbolos sagrados adquirían un significado que trascendía lo puramente ornamental.

Mucho más que un adorno: la joya como símbolo de vida y protección

En el antiguo Egipto, la joyería formaba parte de la vida cotidiana y acompañaba a las personas desde su existencia terrenal hasta su viaje al más allá. Aunque las piezas más suntuosas estaban al alcance de los faraones, las familias acomodadas y las élites, el uso de adornos no se limitaba a los sectores privilegiados. También las personas de recursos modestos podían llevar cuentas, colgantes y amuletos elaborados con materiales más accesibles.

La diferencia estaba en los materiales, la complejidad del trabajo y el valor de las piezas. Mientras las clases privilegiadas lucían oro, piedras semipreciosas y elaboradas composiciones policromadas, otros sectores utilizaban cerámica, conchas, huesos, piedras corrientes y cuentas de fabricación más sencilla.

La joya era, además, una forma de expresar la identidad y la posición social. Los grandes collares ceremoniales, las pulseras, los pendientes, los anillos y los adornos para la cabeza contribuían a construir una imagen de prestigio, tanto en la vida pública como en las representaciones religiosas y funerarias.

Pero había una dimensión todavía más profunda: muchos adornos eran considerados portadores de poderes protectores. No se trataba únicamente de llevar una figura simbólica, sino de confiar en que su forma, su material y su significado podían ayudar a preservar la salud, alejar los peligros y favorecer la buena fortuna.

El oro de los faraones y los colores de la eternidad

Entre los materiales más apreciados destacaba el oro, cuya resistencia a la corrosión y cuyo brillo lo convirtieron en un elemento esencial de la orfebrería egipcia. Su asociación simbólica con la divinidad y con la permanencia hizo que adquiriera una especial relevancia en las joyas reales y en los objetos destinados al culto y a los enterramientos.

Egipto contaba con importantes recursos auríferos, especialmente en las regiones desérticas orientales y en territorios de Nubia. El trabajo de los metales preciosos exigía conocimientos especializados y una considerable destreza artesanal.

Junto al oro se empleaban la plata y el electro, una aleación natural de oro y plata. También se utilizaban piedras como la turquesa, el lapislázuli, la cornalina y la amatista, cuyos colores permitían crear contrastes de enorme atractivo visual.

El azul evocaba asociaciones con el cielo, las aguas primordiales y la regeneración; el verde podía relacionarse con la vegetación, la vitalidad y el renacimiento; y el rojo de la cornalina aportaba intensidad y podía vincularse con la energía y la protección. Estos significados variaban según el contexto, la pieza y la tradición religiosa.

Un material especialmente interesante era la fayenza egipcia, una sustancia cerámica vidriada que permitía obtener superficies de intensos tonos azules y verdes. Con ella se fabricaban cuentas, amuletos, pequeños colgantes y otros adornos que reproducían motivos de la naturaleza y del mundo divino.

La combinación de estos materiales dio lugar a una tradición artística reconocible por la riqueza cromática, la precisión de sus detalles y la capacidad de convertir elementos relativamente pequeños en objetos de gran fuerza simbólica.

El secreto estaba en las manos de los artesanos

La extraordinaria calidad de las joyas egipcias no fue fruto de la casualidad. Detrás de cada pieza había artesanos especializados que dominaban procedimientos complejos de fundición, martillado, grabado, perforación, engaste y ensamblaje.

El metal podía trabajarse en láminas finas, transformarse en hilos o modelarse para formar figuras y elementos decorativos. La combinación de pequeñas piezas, cuentas y piedras exigía paciencia y precisión, especialmente en los grandes collares y en las composiciones destinadas a la realeza.

Los orfebres también utilizaban técnicas de filigrana y granulación, mediante las cuales se incorporaban hilos y diminutas partículas metálicas para enriquecer las superficies. La fabricación de cadenas, la unión de distintos componentes y el ajuste de los elementos ornamentales revelan un conocimiento técnico considerable.

Las piedras se tallaban, perforaban y pulían para incorporarlas a las piezas, mientras que las cuentas de fayenza y otros materiales se ensartaban siguiendo patrones cuidadosamente diseñados. La repetición de formas, la alternancia de colores y la simetría permitían crear composiciones de gran armonía.

El resultado demuestra que la joyería egipcia no fue un arte menor, sino una manifestación sobresaliente de la tecnología, la sensibilidad estética y la organización artesanal de aquella civilización.

Amuletos, dioses y símbolos cargados de significado

Uno de los aspectos más fascinantes de la joyería egipcia es la estrecha relación entre ornamentación y religión. Numerosas piezas incorporaban imágenes de divinidades, animales sagrados y signos jeroglíficos a los que se atribuían cualidades protectoras.

Entre los símbolos más conocidos se encontraba el ojo de Horus, asociado con la protección, la integridad y la restauración. El escarabeo, inspirado en el escarabajo pelotero, se relacionaba con el renacimiento y los ciclos solares. El anj, con su característica forma de cruz rematada por un lazo, representaba la vida, mientras que el pilar djed se vinculaba con la estabilidad.

También se elaboraban amuletos con figuras de dioses como Isis, protectora y madre divina, o Bes, relacionado con la protección del hogar y de las personas. La elección de una figura no era indiferente: el símbolo, su color, su material y su colocación podían contribuir a determinar el sentido de la pieza.

Estos objetos podían llevarse sobre el cuerpo, integrarse en collares y pulseras o colocarse junto a los difuntos. La joya se convertía así en una presencia protectora, destinada a acompañar a su propietario en diferentes circunstancias de la vida.

La última joya: acompañar al difunto hacia la eternidad

La importancia de la joyería alcanzaba una de sus expresiones más intensas en el ámbito funerario. Para los antiguos egipcios, la muerte no suponía necesariamente el final de la existencia, sino el tránsito hacia otra forma de vida. La conservación del cuerpo, los rituales y los objetos depositados en las tumbas formaban parte de las creencias relacionadas con esa continuidad.

Las joyas funerarias podían cumplir funciones ornamentales, religiosas y protectoras. Algunos amuletos se colocaban sobre la momia o entre las vendas que la envolvían, siguiendo prácticas destinadas a favorecer la seguridad y la regeneración del difunto.

Los escarabeos de corazón, por ejemplo, podían incorporar inscripciones relacionadas con las creencias sobre el juicio del fallecido. Otros amuletos representaban divinidades o símbolos vinculados con la protección del cuerpo y la continuidad de la vida.

Los ajuares funerarios de personajes destacados, como los descubiertos en las tumbas reales, han permitido conocer la riqueza y la sofisticación de estas tradiciones. El tesoro de Tutankamón constituye uno de los ejemplos más célebres, aunque los hallazgos de otras tumbas y enterramientos también han aportado información esencial sobre las técnicas, los materiales y las costumbres de distintas épocas.

Estas piezas ofrecen hoy una ventana excepcional a la mentalidad egipcia: objetos creados para la belleza y el prestigio que, al mismo tiempo, respondían a una profunda preocupación por el destino del ser humano después de la muerte.

Un legado que continúa deslumbrando

La joyería del antiguo Egipto representa mucho más que una colección de objetos valiosos. En ella confluyen la destreza de los artesanos, el aprovechamiento de los recursos naturales, el desarrollo de técnicas especializadas y un sistema de creencias en el que los colores, las formas y los materiales estaban cargados de significado.

Su estudio permite comprender mejor cómo se relacionaban los egipcios con la naturaleza, la religión, el poder y la muerte. También demuestra que la belleza, lejos de ser un aspecto superficial, podía convertirse en un lenguaje capaz de expresar las ideas fundamentales de toda una civilización.

La tercera clase magistral del curso de la UNED, dedicada a «La joyería en el antiguo Egipto», se suma así al recorrido por la historia y la intrahistoria de una cultura que continúa despertando curiosidad y admiración. A través de la divulgación de Santiago Mallebrera, el público tiene la oportunidad de acercarse a un mundo en el que una simple cuenta, un anillo o un elaborado collar podían encerrar una historia de fe, identidad, poder y esperanza.

Porque, miles de años después, las joyas del Nilo siguen hablándonos. Y lo que cuentan va mucho más allá del oro y las piedras preciosas: nos habla de una civilización que supo convertir el arte en símbolo, la artesanía en conocimiento y la belleza en una forma de aspirar a la eternidad.


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