Torrevieja amaneció ayer con ese brillo especial que solo aparece cuando la música decide salir a pasear por las calles. A las 12 en punto, con el sol saludando desde lo alto y la brisa levantando las primeras notas, la Unión Musical Torrevejense puso en marcha su tradicional romería sonora con motivo de Santa Cecilia, patrona de los músicos y de quienes desafinan en la ducha con noble empeño. Desde el Palacio de la Música, sede de la UMT arrancó la comitiva, en perfecta formación y al compás de marchas y pasodobles que parecían empujar a la ciudad hacia un domingo más feliz. Con paso firme y partitura en mano, los músicos emprendieron su misión anual: ir casa por casa a recoger a los nuevos integrantes de la banda, ocho jóvenes que desde ayer ya pueden presumir de formar parte de una de las familias musicales más queridas de Torrevieja.
Ese «paseo kilométrico», como algunos ya lo llaman, convirtió calles y plazas en un festival improvisado. Allí estaban las familias, apostadas a las puertas como quien espera a un rey mago fuera de temporada, pero con más aplausos y mucha más tortilla. Con cámaras en mano y emoción contenida, recibieron al director de la banda, Carlos Ramón Pérez, y a la presidenta de la entidad, Lucre Paredes, encargados de dar la bienvenida oficial a los debutantes.
Los protagonistas del día fueron Vicente Ballester Gómez (trompa), Erica Ballester Gómez (oboe), Yago Forés Pérez (clarinete), Marta Berenguer Izquierdo (clarinete), Daniel Ruiz Blanco (oboe), Guillermo Gámez Sáez (percusión), Pablo Castro Karademitrou (percusión) y Eros Martínez Cmol (trompeta). Ocho nombres, ocho historias y, seguramente, ocho nerviositos de alegría que intentaban disimular entre abrazos, fotos y alguna que otra lágrima de orgullo familiar.
Como manda la tradición, después de cada recogida llegaba el momento que muchos consideran la «segunda parte del concierto»: la degustación. Que si una ensaladilla por aquí, unos fritos por allá, refrescos, sonrisas y, por supuesto, la siempre venerada tortilla de patatas, que en estas celebraciones alcanza categoría de patrimonio cultural no declarado. Entre bocado y bocado, la banda continuaba su ruta dejando un reguero de notas alegres capaces de endulzar hasta el lunes más gris.
A pesar del calor, la Unión Musical Torrevejense mostró esa energía inagotable que tanto la caracteriza. Ni una sombra venció a los músicos, que tocaron como si cada esquina fuese un escenario y cada calle, un auditorio.
Al final de la mañana, Torrevieja no solo había ganado ocho músicos nuevos: había vivido una jornada de esas que recuerdan que la música es, ante todo, una fiesta compartida. Una fiesta que une, que emociona y que, con tortillas o sin ellas, siempre deja un sabor maravilloso.
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