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Los Salerosos conquistan Torrevieja con un viaje musical festivo: del pasodoble al eterno eco del Dúo Dinámico

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El Teatro Municipal de Torrevieja volvió a vibrar ayer con uno de esos conciertos que permanecen en la memoria colectiva de un pueblo que ama la música con devoción casi litúrgica. La Banda de la Sociedad Musical “Ciudad de Torrevieja – Los Salerosos” ofreció su tradicional concierto extraordinario en honor a Santa Cecilia, y lo hizo ante un teatro completamente lleno, donde cada butaca parecía latir al ritmo de la expectación. Entre el público, que disfrutó con entusiasmo desde el primer compás, se encontraba el alcalde de la ciudad, Eduardo Dolón, acompañado por los concejales Concha Sala, Diana Box y Antonio Vidal, así como el presidente de la Banda, Guillermo Hernández. Una presencia institucional que subrayó el carácter especial de una cita que, año tras año, se ha convertido en uno de los momentos culturales más esperados del otoño torrevejense.

El periodista local Francisco Reyes fue el encargado de conducir el acto, mientras que la dirección musical recayó en Alejandro Gómez Vázquez, quien volvió a demostrar su capacidad para combinar rigor, pasión y frescura en un repertorio variado y cuidadosamente hilado. La banda estructuró el concierto en dos partes, empezando con un arranque de energía pura: el pasodoble “María Esparza”, del maestro Benjamín Esparza, dio paso al elegante “Teatro Montecarlo”, de Aurelio Pérez Perelló. Ambos, clásicos del repertorio bandístico español, brillaron por su equilibrio entre tradición, virtuosismo y la chispa que caracteriza a Los Salerosos.

Tras los pasodobles, la atmósfera cambió con la aparición de una de las joyas del sinfonismo español contemporáneo: “El Bolero de Carmelo”, de Ferrer Ferrán, una obra que combina la sensualidad rítmica del bolero con un lenguaje bandístico moderno, lleno de colores y matices. La banda manejó con solvencia las dinámicas, desplegando un sonido compacto y cálido.

El viaje musical continuó hasta México de la mano del célebre “Danzón nº 2” de Arturo Márquez, una pieza convertida en icono gracias a la Orquesta Simón Bolívar y Gustavo Dudamel, y que exige equilibrio entre la delicadeza y el ritmo arrebatador del danzón caribeño. Los Salerosos interpretaron la obra con una mezcla deliciosa de elegancia y vitalidad, arrancando los primeros aplausos espontáneos del público.

La primera parte culminó con un estallido de humor y espectacularidad: la “Quinta sinfonía Mambo” de Rafael Vizcaíno, un homenaje desenfadado y lleno de guiños rítmicos que fusiona Beethoven con el sabor de la música latina. Palmas, voces, complicidad entre músicos y espectadores… El teatro entero se convirtió en un pequeño carnaval musical, en uno de esos momentos donde el público deja de ser espectador y se convierte en parte activa del concierto.

Los aplausos, largos y de pie, anticiparon una propina muy especial. La banda decidió rendir homenaje a la memoria de Manolo de la Calva, miembro del mítico “Dúo Dinámico”, recientemente fallecido. Y lo hizo como mejor se honra a un músico: interpretando sus canciones. Brotaban las primeras notas de “15 años tiene mi amor” y el teatro, casi sin darse cuenta, comenzó a cantar. Lo mismo ocurrió con “El final del verano”, esa melodía que todos guardamos como postal eterna de juventud, y tras varias más acabando, con “Resistiré”, convertida en himno de superación colectiva durante los momentos más duros de nuestra historia reciente.

Aquello ya no era un bis: era una comunión. Música que une, que emociona, que trasciende. Música que convierte un concierto en una celebración.

Los Salerosos recibieron un último y cerrado aplauso, agradecido y cálido, de un público que reconoció no solo la calidad artística de la formación, sino también el crecimiento que experimenta día a día bajo la batuta de Alejandro Gómez Vázquez. Un director que ha sabido ganarse el cariño de los músicos sin renunciar a la disciplina ni al afán de perfeccionamiento.

Un concierto para recordar, una fiesta para Santa Cecilia y, en definitiva, una mañana en la que Torrevieja volvió a demostrar que la música es uno de sus lenguajes más auténticos y felices.


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