A las diez y media de la noche de ayer, desde la puerta del antiguo Ayuntamiento, se desató en Torrevieja una de las “Charamitas” más golfas, alegres y descaradas que se recuerdan. Lily, el ogro y el lobo salieron de farra con la misma determinación que quien abandona una dieta en visperas del verano, acompañados por la música irreverente y contagiosa de “Los Solfamidas” y escoltados por más de mil personas con ganas de juerga para exportar.
Aquello no fue un desfile: fue una romería fiestera en estado puro. Las calles más céntricas del pueblo se convirtieron por unas horas en una macrodiscoteca ambulante donde el sentido del ridículo fue declarado oficialmente persona non grata. La gente bailaba, cantaba, saltaba y hasta había quien parecía dispuesto a pagar un impuesto por seguir pasándoselo tan bien.
Con Lily marcando el paso, el ogro moviendo caderas como si el mundo fuera a acabarse al amanecer y el lobo enseñando que no siempre es el malo del cuento, la charamita avanzaba entre risas, flashes y coreografías improvisadas. A su alrededor, un gentío seguía la comitiva con la fidelidad de los habitantes de Hamelín, pero en versión verbenera: aquí nadie huía, todos perseguían la música popular que hacía vibrar cada esquina.
Cuando el desfile regresó a la Plaza de la Constitución, nadie parecía dispuesto a rendirse. Siguieron cantando hasta que las voces se volvieron susurros y bailando hasta que las piernas pidieron un convenio de tregua. La Noche Golfa fue tan multitudinaria que, si esto sigue así, en próximas ediciones habrá que ensanchar las calles o pedir una dispensa celestial: “Ora pro nobis”, porque, como sigamos creciendo, no cabemos ni con calzador festero.
Torrevieja vivió una noche tan delirante como divertida, una de esas en las que la ciudad se convierte en protagonista absoluta de su propio cuento… un cuento contado a ritmo de charamita y con mucha, mucha guasa.
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